Queridos amigos:
Celebra la Iglesia este
IV Domingo de Pascua el domingo del Buen Pastor y nos recuerda la siempre
urgente necesidad de orar por las vocaciones. Necesidad que, por otra parte,
constatamos todos los bautizados y, desde luego, muchos no creyentes. Al fin y
al cabo, pienso que a todos nos gusta saber que son cuantas más mejor las almas
que desde un claustro escondido viven vidas caracterizadas por el sacrificio y la
oración por todos, con independencia de nuestras creencias o cualidades, más
bien, al contrario, intensificando esas mismas oraciones y sacrificios por
quienes más alejados están de una vida con sentido y moralmente recta.
Por otra parte, a los
cristianos nos hace bien saber que en el despacho parroquial a cualquier hora
razonable encontraré un sacerdote disponible y, sobre todo, que el
confesionario estará siempre habitado por un sacerdote dispuesto a ejercer el
juicio de la misericordia divina sobre mis pecados. Esto es particularmente
relevante en la vida del cristiano, también en la mía que no por ser pastor
dejo de ser oveja (y no siembre fiel) del rebaño del Pastor hermoso.
Esta necesidad de orar
por las vocaciones es también un mandato de Cristo. Recordamos todos su lamento
hecha exhortación: “Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas,
porque estaban extenuadas y abandonadas, «como ovejas que no tienen pastor».
Entonces dice a sus discípulos: «La mies es abundante, pero los trabajadores
son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies».”
(Mt 9, 36-38). Así que si no tenemos las vocaciones que necesitamos podría ser
a que ser que se debiera en parte a que no cumplimos con este mandato de
Cristo, a que no forma parte de los que podríamos llamar suspiros constantes
del corazón que son los que ponemos en oración a tiempo y a destiempo.
Creo que sería oportuno
realizar un breve examen de conciencia al respecto: ¿Nos hemos preocupado por
saber al menos cuántos seminaristas tiene la diócesis? ¿Hemos procurado
contribuir con lo mucho o poco que podamos a la formación de esos muchachos?
¿Ofrecemos alguno de nuestros sacrificios por las vocaciones, especialmente por
aquellos llamados se encuentran atribulados o confundidos o cuyas familias se
oponen ferozmente a la vocación divina que sus hijos tratan de discernir?
Aquí quiero ser sincero. Para
no aceptar nuestra responsabilidad hemos elaborado sesudos e infumables
informes acerca de la baja natalidad en Occidente y de su secularización. Hemos
culpado a la influencia de las nefastas legislaciones que venimos padeciendo
desde la implantación de la democracia, algunas de ellas próximamente elevadas
a rango constitucional. Además, no pocas veces los eclesiásticos nos hemos
hecho trampas al solitario queriendo sustituir las vocaciones por la misión
compartida con los laicos o atreviéndonos a pensar que una celebración de la
Palabra equivaldría a la celebración de la Santa Misa en el nuevo marco
socio-religioso de nuestro tiempo.
El hecho es que no
tenemos las vocaciones que necesitamos y que esto responde fundamentalmente a
un único y claro motivo: nuestra falta de fe. No vivimos como cristianos y
donde la fe no se vive, no se transmite y así nuestros muchachos crecen
pensando que son ellos los que deben dirigir sus vidas realizando un simple
cálculo de probabilidades que busque ante todo la comodidad y el bienestar
económico, sin llegar a ponerse jamás ante la presencia del Crucificado que ha
resucitado para realizar en la oración aquella triple y famosa pregunta
ignaciana: ¿Qué he hecho por Cristo? ¿Qué hago por Cristo? ¿Qué voy a hacer
por Cristo?
Quien no proyecta su vida desde el diálogo amoroso con Cristo tomando por guía estas tres preguntas, no se ha enterado de qué va la vida del ser humano sobre la tierra, de qué va la Redención, de qué va la Iglesia. Y es nuestro testimonio cristiano el único camino capaz de despertar a nuestros prójimos de esa hibernación espiritual perpetua en la que viven. De tal forma que tenemos ante nosotros una triple tarea:
- Cambiar el lamento por el compromiso con las vocaciones: efectivo y afectivo, especialmente si toca la cartera, que no hay mejor forma de verificar el amor que desde el sacrificio económico y de nuestro tiempo.
- Vivir vocacionalmente, entendiendo que toda vida es vocación y que vocación es siempre tanto relación íntima y personal con Dios como misión de evangelización.
- Redescubrir el valor del ministerio ordenado, el precio infinito de los sacramentos y ayudarnos a los ministros a ser lo que somos, en el vestir, en el hablar y en el comportarnos. Ya que nada hay más triste que un consagrado que disimule su consagración, que un bautizado al que Cristo no se le nota, no se le huele, no se le siente.
¡Que la Virgen Madre,
Madre de los sacerdotes, modelo de entrega fiel nos sostenga y acompañe
siempre! Amén.

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