El mantel del altar


El altar, como lugar central de la celebración eucarística, requiere ser revestido con dignidad, y uno de los elementos que expresan esta reverencia es el mantel. Su uso no es meramente funcional, sino profundamente simbólico, ya que contribuye a la nobleza del altar donde se realiza el sacrificio eucarístico.

La normativa litúrgica establece que el altar debe cubrirse con un mantel de color blanco. Esta indicación no es opcional ni depende del tiempo litúrgico, ya que el mantel no varía según los colores propios de cada celebración. Aunque en algunos lugares existe la costumbre de adaptar el color del mantel al tiempo litúrgico, esta práctica no responde a la normativa establecida, que prescribe el uso del blanco como signo de pureza y solemnidad.

La Instrucción General del Misal Romano señala que el altar debe cubrirse al menos con un mantel. Esta expresión indica un mínimo normativo, aunque la tradición ha desarrollado formas más ricas de revestimiento. En este sentido, es habitual el uso de más de un mantel: un mantel superior visible y, en algunos casos, un segundo mantel inferior de menor tamaño, conocido como bajo mantel, que cubre únicamente la parte superior del altar sin colgar por los lados.

La correcta disposición del mantel es también un aspecto importante. Este debe adaptarse a las dimensiones reales del altar, evitando soluciones genéricas que produzcan un exceso de tela o una cobertura desproporcionada. Lo más adecuado es que el mantel se ajuste a la forma del altar, cubriendo la superficie superior con dignidad y dejando caer, en su caso, únicamente los laterales de manera proporcionada. Un ajuste inadecuado puede restar armonía al conjunto del presbiterio.

Cuando el altar no está siendo utilizado para la celebración, es recomendable proteger el mantel con un cubremantel o lienzo ligero que evite la acumulación de polvo. Esta práctica es preferible a la retirada completa del mantel, ya que la ausencia de éste puede interpretarse simbólicamente como signo de luto, especialmente en referencia al Viernes Santo, día en que el altar permanece desnudo.

El cuidado del mantel del altar, por tanto, no responde únicamente a criterios de limpieza o estética, sino que forma parte del lenguaje simbólico de la liturgia. A través de su blancura, su disposición y su permanencia, el mantel contribuye a expresar la dignidad del altar y la centralidad del misterio eucarístico que en él se celebra.

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