El verano suele cambiar nuestros horarios. Las vacaciones, los viajes, las reuniones familiares y los días más largos hacen que muchas de nuestras costumbres queden temporalmente en segundo plano. Entre ellas puede encontrarse también la oración.
Con la llegada de septiembre y el regreso progresivo a la rutina, aparece una buena oportunidad para recuperar ese tiempo diario con Dios. No se trata simplemente de volver a cumplir una costumbre, sino de reencontrarnos con Aquel que siempre ha estado presente, incluso durante los momentos en los que nuestra vida espiritual ha tenido otro ritmo.
Cuando la oración pierde su lugar
A veces no dejamos de rezar porque hayamos decidido alejarnos de Dios. Sencillamente, los horarios cambian, aparecen nuevas obligaciones y aquello que antes tenía un momento concreto del día termina desplazándose.
El problema llega cuando pasan los días y la oración empieza a quedar para cuando tengamos tiempo. Y, como sabemos, casi nunca encontramos tiempo para aquello que no hemos decidido cuidar.
Por eso, recuperar la vida de oración requiere volver a darle un lugar concreto dentro de nuestra jornada.
Volver poco a poco
Después de un periodo en el que hemos tenido otros horarios, no siempre es necesario intentar recuperar de golpe todas nuestras costumbres espirituales.
Puede ser más provechoso comenzar de nuevo con sencillez. Buscar un momento tranquilo del día, volver a dedicar unos minutos a hablar con Dios y recuperar poco a poco aquellos momentos de oración que formaban parte de nuestra vida.
Lo importante no es cuánto tiempo dedicamos inicialmente, sino la fidelidad con la que acudimos cada día al encuentro con el Señor.
La oración no es una tarea más que debemos tachar de nuestra lista. Es una relación. Y, como cualquier relación, necesita tiempo y presencia.
Encontrar un momento concreto
Uno de los mejores caminos para recuperar la rutina de oración es decidir cuándo vamos a rezar.
Para algunas personas será al levantarse. Para otras, antes de comenzar la jornada, durante un momento de tranquilidad al mediodía o antes de acostarse. No existe un horario universal que funcione para todos.
Lo importante es evitar que la oración dependa únicamente de si ese día tenemos un rato libre. Cuando establecemos un momento concreto, es más fácil protegerlo frente a las demás ocupaciones.
También puede ayudarnos asociar la oración a alguna actividad que ya realizamos habitualmente. De esta manera, poco a poco, el encuentro con Dios vuelve a formar parte natural de nuestro día.
No convertir la oración en una obligación vacía
Recuperar una rutina no significa rezar mecánicamente.
Podemos cumplir un horario y, al mismo tiempo, tener el corazón lejos de Dios. Por eso, al volver a la oración después del verano, conviene recordar para qué rezamos.
Rezamos porque necesitamos a Dios. Porque queremos conocerlo, escuchar su voz, agradecerle lo que hemos recibido, pedirle ayuda y aprender a vivir según su voluntad.
Jesús mismo nos enseñó la importancia de buscar momentos de encuentro con el Padre. En medio de su actividad pública, se retiraba a lugares tranquilos para orar.
Si Cristo buscaba esos momentos de silencio y oración, cuánto más nosotros necesitamos detenernos cada día para estar con Él.
¿Y si nos cuesta volver?
Es posible que al intentar recuperar la rutina descubramos que nos cuesta concentrarnos, que nos distraemos o que sentimos que hemos perdido el hábito.
No debemos desanimarnos.
La vida espiritual también atraviesa etapas. Hay momentos de mayor facilidad y otros en los que rezar exige un esfuerzo especial. La fidelidad consiste precisamente en continuar acudiendo a Dios incluso cuando no experimentamos ninguna emoción especial.
No necesitamos esperar a tener ganas de rezar para hacerlo. Muchas veces, el deseo aparece después de haber dado el primer paso.
Si hemos dejado de rezar durante un tiempo, tampoco debemos acercarnos a Dios con la sensación de que tenemos que compensar todo lo que no hemos hecho. Dios no nos recibe con reproches. Nos espera.
Recuperar también el silencio
El comienzo del curso suele traer consigo ruido, prisas, notificaciones y una agenda cada vez más llena. En medio de todo ello, recuperar la oración significa también recuperar espacios de silencio.
Necesitamos momentos en los que podamos dejar a un lado el teléfono, las preocupaciones y las muchas cosas que reclaman nuestra atención.
El silencio puede resultar incómodo al principio. Estamos acostumbrados a estar permanentemente entretenidos, pero precisamente por eso puede convertirse en un lugar privilegiado para encontrarnos con Dios.
No siempre será necesario hablar mucho. A veces basta con permanecer ante Él y recordar que estamos en su presencia.
La oración transforma la jornada
Cuando la oración vuelve a ocupar un lugar estable en nuestra vida, poco a poco empieza a transformar también el resto del día.
Las dificultades se afrontan de otra manera, las decisiones pueden discernirse con mayor serenidad y las relaciones con los demás comienzan a mirarse desde una perspectiva diferente.
La oración no nos saca de nuestras responsabilidades. Nos ayuda a vivirlas mejor.
Por eso, recuperar la rutina de oración después del verano no debería entenderse como volver a una costumbre que habíamos perdido, sino como volver a poner nuestra vida delante de Dios.
Volver a encontrarnos con Dios
Septiembre puede ser un buen momento para comenzar de nuevo. No hace falta esperar a tener la rutina perfecta ni a encontrar el momento ideal.
Basta con dar un primer paso.
Unos minutos de silencio. Una oración sencilla. Un Evangelio leído despacio. Un rato ante el Santísimo. Un Rosario. Una conversación sincera con Dios antes de comenzar el día.
Lo importante es volver.
Porque Dios no se ha movido de nuestro lado durante el verano. Ha estado ahí también en nuestros viajes, en nuestros descansos, en nuestros encuentros y en cada uno de los momentos vividos.
Ahora que recuperamos nuestras rutinas, podemos recuperar también ese encuentro diario con Él.
Que este nuevo comienzo nos ayude a descubrir de nuevo que la oración no es una carga que añadimos a nuestra vida, sino el espacio en el que aprendemos a vivir toda nuestra vida junto a Dios.

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