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Lectura orante de la profecía de Isaías.

Domingo V del Tiempo Ordinario (Ciclo A)



El Concilio Vaticano II en la Constitución dogmática sobre la Divina Revelación, Dei Verbum, afirma el valor perenne de los libros que componen el Antiguo Testamento, “los cristianos han de recibir devotamente estos libros, que expresan el sentimiento vivo de Dios, y en los que se encierran sublimes doctrinas acerca de Dios y una sabiduría salvadora sobre la vida del hombre, y tesoros admirables de oración, y en los que, por fin, está latente el misterio de nuestra salvación” (DV 15).

Sin embargo, conocemos de sobra las distintas dificultades con las que muchos bautizados tropiezan a la hora de acercarse a estos libros: Bastantes parroquias no han formado debidamente a sus lectores que proclaman la Palabra con una admirable buena voluntad y poca eficacia comunicativa. Los sacerdotes por nuestra parte tantas veces nos contentamos con tratar de explicar el Evangelio del domingo y omitimos las referencias al resto de lecturas en la predicación sin las cuales tal explicación necesariamente pierde. En la lectio divina se nos atragantan pasajes y libros enteros del Antiguo Testamento hasta el punto de ignorarlos pues no entra dentro de nuestros planes que la Palabra de Dios nos hiere… De este tendremos que seguir hablando en otras ocasiones pues no es el objeto de estas líneas.

Tan solo quiero justificar así que haya decidido inaugurar esta sección proponiendo un par de claves de lectura orante respecto al texto del profeta Isaías que es proclamado este V Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo A), Is 58,7-10, mostrando que no solo es posible sino fecundo y necesario adquirir esta familiaridad con el Antiguo Testamento tal como nos pide el Concilio en sus textos. Lo cierto es que nunca agradeceremos lo suficiente el don de las Escrituras, alimento, guía y faro para dirigir nuestras vidas y las de nuestras familias por el sendero justo, Jesucristo, la única ruta que lleva a buen puerto nuestro barco.

Vayamos a la lectura. En el texto proclamado por la liturgia dominical, la profecía, después de una enumeración de obras de caridad (alimentar al que tiene hambre, hospedar a quien no tiene hogar, vestir al desnudo…) lista -abro digresión necesaria - que nos recordará tanto al evangelio del domingo pasado, las Bienaventuranzas de Mateo, como a las obras de misericordia corporales que hace no tantos años aprendíamos de memoria y hoy si preguntásemos a nuestros hijos y nietos que estudian en colegios católicos o acuden religiosamente a sus cultos cofrades o a la adoración juvenil, responderían muchos de ellos con una mueca de extrañeza o en el mejor de los casos las confundirían con alguno de los mandamientos de la ley de Dios; pues bien, después de esta enumeración Dios anuncia: “entonces surgirá tu luz como la aurora, enseguida se curarán tus heridas, ante ti marchará la justicia, detrás de ti la gloria del Señor”.

Llama la atención que invierte el orden que se ha impuesto en nuestro tiempo. Nosotros pensamos que la prioridad está en estar bien uno mismo consigo mismo, mí, me, conmigo, para mí, por mí, me nace, me sale, me va, me renta… Así nos aislamos, vamos cerrando el círculo y sacando cruelmente de nuestras vidas a personas que nos las complican pero que nos necesitan, que son incómodas y que, sin embargo, como nos revela la profecía, son el regalo que Dios nos hace para curarnos.

¿Os acordáis de la curación de la suegra de Pedro en Cafarnaúm? “Al llegar Jesús a la casa de Pedro, vio a su suegra en cama con fiebre; le tocó su mano y se le pasó la fiebre; se levantó y se puso a servirle” (Mt 8, 14-15).

Curación y servicio, curación y entrega son inseparables. El cristiano que no vive en el servicio como disposición habitual está enfermo. La gracia de Dios nos urge a dar y, sobre todo, a darnos. Y ninguno de nosotros está exento de la ley evangélica. Deberíamos discernir mejor para que no se produzca aquella perversión de la vida espiritual en la que un supuesto amor de Dios nos aleja del prójimo más próximo o necesitado. La profecía es clara: “cuando alejes de ti la opresión, el dedo acusador y la calumnia, cuando ofrezcas al hambriento de lo tuyo y sacies el alma afligida, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad como el mediodía”.

Amigos, ninguna de nuestras heridas curará desde el aislamiento. Nuestro progreso espiritual está ligado a la entrega y donación de la propia vida por amor, esta es la vocación común del bautizado, en esto consiste la santidad. Dicho sencillamente, si no nos ocupamos de los demás, nuestra vida cristiana no es más que una mentira hipócrita. De esta manera la profecía de Isaías nos lleva a Cristo pues únicamente Él hace posible tanto la entrega total como la curación de nuestras heridas. Y así, la escucha atenta de la profecía de Isaías despierta en nosotros el deseo de la Comunión que nos cura y nos transforma.

En resumen, hagamos caso al Concilio que recogiendo toda la Tradición cristiana nos invita a alimentarnos con la Escritura Santa que nos hiere, convierte y purifica y en cuyas páginas encontramos a Cristo, gloria del Padre y luz para los hombres. Acerquémonos al Antiguo Testamento con valentía y perseverancia. Dará fruto, mucho fruto.


Rvdo. P. Fray Daniel María Herrera, OSA

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