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Pentecostés

 

Para el pueblo de Israel, desde tiempos de Moisés se celebraba la fiesta de Shavuot, o de las Semanas, llamada así por tener lugar siete semanas después de la Pascua. Era una de las grandes fiestas de peregrinación, motivo por el cual —como narran los Hechos de los Apóstoles— había en Jerusalén judíos piadosos venidos de todas las naciones.

Originalmente, esta fiesta tenía un carácter agrícola: era acción de gracias por la cosecha de los cereales. Sin embargo, a la luz del misterio cristiano, adquiere un sentido nuevo y pleno. Si Cristo, en su Pascua, es el sembrador que entrega su vida, Pentecostés es la cosecha: el don del Espíritu Santo, fruto de su muerte y resurrección, como agua viva que brota de su costado abierto.

Con el paso del tiempo, la tradición judía añadió a Shavuot el recuerdo de la entrega de la Ley en el Sinaí, cincuenta días después de la salida de Egipto. Allí, Dios descendió en medio del fuego para sellar su alianza con el pueblo. Este elemento resulta clave para comprender el acontecimiento cristiano: en Pentecostés, el fuego del Espíritu irrumpe en la comunidad de los discípulos, no ya para escribir la ley en tablas de piedra, sino en los corazones, cumpliendo la promesa profética de una alianza nueva.

Desde los primeros tiempos, la Iglesia ha celebrado Pentecostés como solemnidad, entendiendo en ella el cumplimiento de la promesa de Cristo: el Espíritu Santo ha sido comunicado a la Iglesia, como proclamó San Pedro el mismo día de Pentecostés.

Litúrgicamente, Pentecostés reviste un carácter propio y singular. El color de las vestiduras es el rojo, símbolo del fuego del Espíritu Santo. Es, junto con el Domingo de Ramos, uno de los domingos en los que este color se emplea de forma habitual (también puede usarse en otras solemnidades de apóstoles o mártires que coincidan en domingo).

Además, Pentecostés es uno de los pocos días del año en que es obligatoria la proclamación de la secuencia antes del Aleluya. Se trata de la antigua oración Veni Sancte Spiritus (“Ven, Dios Espíritu Santo”), un texto de gran riqueza teológica y espiritual que invoca al Paráclito como padre de los pobres, consolador perfecto, huésped del alma y descanso en medio del esfuerzo. Tradicionalmente, esta secuencia se escucha estando sentados, como signo de recogimiento.

Pentecostés no solo culmina el Tiempo Pascual, sino que manifiesta plenamente a la Iglesia como comunidad animada por el Espíritu, enviada al mundo para continuar la obra de Cristo.

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