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La Iglesia, Pueblo de Dios convocado para la unidad

En la continuación de las catequesis sobre la Constitución dogmática Lumen gentium, el Papa León XIV nos invita a profundizar en una de las imágenes más importantes del Concilio Vaticano II para comprender la Iglesia: el Pueblo de Dios.

Desde el inicio de la historia de la salvación, Dios ha querido actuar en la historia reuniendo a un pueblo. La llamada a Abraham marca el comienzo de este camino: Dios le promete una descendencia numerosa y, a través de ella, inicia un proyecto de salvación que se desarrollará a lo largo de la historia. Con los hijos de Abraham, liberados de la esclavitud y conducidos por el Señor, se establece una alianza que define la identidad de este pueblo: un pueblo que existe porque Dios lo ha elegido, lo acompaña y lo reúne incluso cuando se dispersa.

Este pueblo está llamado a ser luz para las naciones, un signo que atraiga a todos los pueblos hacia Dios. Sin embargo, el Concilio recuerda que toda esta historia es preparación para la alianza definitiva realizada en Jesucristo.

En Cristo, el designio de Dios alcanza su plenitud. Con el don de su Cuerpo y de su Sangre, Él reúne definitivamente a un nuevo pueblo: la Iglesia. Este pueblo ya no está formado por una sola nación, sino por hombres y mujeres de todos los pueblos, lenguas y culturas. Lo que lo une no es una identidad cultural, étnica o lingüística, sino la fe en Cristo, autor de la salvación y principio de la unidad y de la paz.

El Concilio describe a la Iglesia como un pueblo mesiánico, porque su cabeza es Cristo, el Mesías. Quienes pertenecen a él no se apoyan en méritos propios ni en títulos humanos, sino en el don recibido en Cristo: ser hijos e hijas de Dios. Antes de cualquier función o ministerio, lo esencial en la Iglesia es esta pertenencia viva a Cristo.

De esta identidad nace también el estilo de vida del Pueblo de Dios. Su ley es el amor que hemos recibido de Cristo, y su meta es el Reino de Dios, hacia el cual camina junto con toda la humanidad.

Por eso, la Iglesia no puede encerrarse en sí misma. Aunque está formada por quienes creen en Cristo, todos los hombres están llamados a formar parte de este nuevo Pueblo de Dios. Incluso quienes aún no han recibido el Evangelio están de alguna manera orientados hacia él. De aquí nace la misión de la Iglesia: anunciar el Evangelio a todos los pueblos para que cada persona pueda encontrarse con Cristo.

Esta universalidad expresa la verdadera catolicidad de la Iglesia. En ella hay lugar para todos, y cada cultura puede aportar sus riquezas mientras el Evangelio las purifica y las eleva. Así, la Iglesia permanece una y al mismo tiempo acoge la diversidad de la humanidad.

En un mundo marcado por conflictos, divisiones y guerras, esta realidad se convierte en un signo profético de esperanza. La Iglesia es un pueblo en el que personas de distintas naciones, lenguas y culturas pueden convivir en la unidad de la fe. Es un signo vivo de la unidad y la paz a las que Dios llama a toda la humanidad.

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