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Cuaresma: Algo más que evitar ofender a Dios.

Hemos entrado en el tiempo litúrgico de Cuaresma, tiempo santo de gracia y conversión, de disposición y penitencia, de arrepentimiento y contrición que ojalá sepamos aprovechar. Así se lo hemos de pedir al Señor.

Ahora bien, como decimos en nuestra tierra, a Dios rogando y con el mazo dando, es decir, que nuestra conversión no va a suceder si no sabemos disponernos, si no abrimos el oído a la escucha del Otro y de los otros y, en definitiva, si no estamos dispuestos a obedecer. Las generaciones que convivimos hoy en España tenemos una especie de alergia a esta palabra. Cuando hablamos de fe y de conversión, el registro mental está habituando a términos como ayuno, vigilia/abstinencia, oración y limosna. Sin embargo, si hablamos de obediencia parece que nos violentamos, que se nos pide algo extraño o, peor aún, contrario a quienes somos y a nuestro desarrollo. 

Resulta paradójico ya que nuestro día a día está lleno de obediencias más o menos conscientes desde el despertador al jefe pasando por la obediencia ciega que prestamos a médicos y farmacéuticos en esta histeria de la salud que padecemos y de la que ninguno de nosotros somos inmunes. ¿No tenéis en vuestras parroquias personas literalmente obsesionadas con el uso del hidrogel en la Santa Misa, feligreses que tal vez ni se inmutarían si sustituyésemos la primera lectura por un poema de cualquier autor espiritual? Quizás exagere, quizás no… Lo que no se me podrá negar es que la obediencia es constitutiva de la realidad humana. Ser humano significa obedecer y obedecer quiere decir fundamentalmente aprender el arte de escuchar con inteligencia, discerniendo lo que recibimos de fuera.

Llevo un tiempo dándole vueltas a una expresión que una persona utilizó en una sacristía a la salida de la celebración del Santo Sacrificio con tanta buena intención como desatino y que, omnia in bonum, me ha sido de gran provecho en la meditación y espero que pueda ayudar también a quien tenga la paciencia de leer estas líneas. Así que si la protagonista del suceso leyese este artículo, reciba mi más profunda acción de gracias por este y por los demás momentos de gracia de los que, sin saberlo, ha sido mediación. 

Vamos a la situación. Lugar: sacristía andaluza. Momento: Después de la Misa. Un fiel me hace notar un descuido/despiste menor pero real en la Misa, un descuido menor (que no afectaba a nada sustancial de la liturgia) del que me había percatado cuando ya no era posible rectificar sin interrumpir la Misa y romper el ritmo de la celebración. Agradezco de corazón la observación (a veces una mácula clerical nos lleva a pensar que en Misa los bautizados se dedican a contar baldosas) y explico lo sucedido con tanta pena (un despiste a veces es solo un despiste, a veces es falta de amor, de finura de enamorado) como alegría por constatar como aquel bautizado se percató del detalle y, además, me quiso lo suficientemente bien como para acudir con cariño a hacérmelo notar. Gracias también a él. En este momento entra en acción nuestro protagonista que, a distancia, había escuchado la conversación, y sentenció con un: ¡Pero vamos, que Dios no se va a enfadar por eso!

Reconozco que no quise responder. Sonreí amablemente y me retiré a mis menesteres. Sin embargo, esa frase se clavó en mi corazón y tanto es así que al iniciar la Cuaresma ha vuelto a la superficie y me interroga constantemente. ¿De verdad podemos basar nuestra vivencia de la fe en esos parámetros? ¿Se trata de evitar únicamente la ira de Dios? Como si nuestras existencias pudieran pasar paralelas sin entrometernos uno en la vida del Otro y esperando que Él tampoco se entrometa en la nuestra… 

Querido bautizado, te pido que vivas la Cuaresma contemplando al Crucificado, sus manos llagadas, su cuerpo desnudo, su honra destruida y, sobre todo, su Corazón abierto. Atraviesa la espesura, acepta la noche, abrázate a Cristo pobre y determínate a vivir por agradarle, por darle contento, despierta esa finura de enamorado que yo hubiese querido tener y no tuvo y que pido al Señor como don de este tipo. Nuestros pecados clavaron a Cristo, su amor nos hará vivir, un amor que quiero sea manifiesto en mi forma de celebrar la Santa Misa, de predicar su Palabra, de escuchar y servir a los demás, un amor del que estoy muy lejos y del que, con tu ayuda, quiero seguir viviendo.

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