Ejercicios de piedad

Ejercicios de piedad

Índice alfabético

Santo Rosario

Señal de la Cruz: Por la señal de la Santa Cruz de nuestros enemigos líbranos Señor Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Ofrecimiento: Virgen santísima, dadnos tu presencia, y purifica y dirigen nuestra intención de ésta parte de tu Santo Rosario con el que deseamos reparar las ofensas que le hacemos los hombres en todo el mundo a tu Inmaculado Corazón y al de tu Divino Hijo Nuestro Señor Jesucristo. Pedirte por la Santa Iglesia, la conversión de los pecadores, la perseverancia de los justos, los enfermos y las ánimas benditas del purgatorio. (Intenciones particulares). “Pedid y se os dará…” dice el Señor (Mt. 7,7).

Saludo:
Dios te salve, María, Hija de Dios Padre, llena eres de gracia...
Dios te salve, María, Madre de Dios Hijo, llena eres de gracia...
Dios te salve, María, Esposa del Espíritu Santo, llena eres de gracia...


Misterios del Santo Rosario

Gozosos (Lun y Sáb)
  1. La Encarnación.
  2. La Visitación de Nuestra Señora.
  3. El Nacimiento del Hijo de Dios.
  4. La Purificación de Nuestra Señora.
  5. El Niño perdido y hallado.
Dolorosos (Mar y Vie)
  1. La oración en el huerto.
  2. La flagelación del Señor.
  3. La coronación de espinas.
  4. La Cruz a cuestas.
  5. Jesús muere en la Cruz.
Gloriosos (Mié y Dom)
  1. La Resurrección del Señor.
  2. La Ascensión del Señor.
  3. La venida del Espíritu Santo.
  4. La Asunción de Nuestra Señora.
  5. La Coronación de María.
Luminosos (Jue)
  1. El Bautismo del Señor.
  2. Las bodas de Caná.
  3. El anuncio del Reino de Dios.
  4. La Transfiguración del Señor.
  5. La institución de la Eucaristía.

Al terminar cada misterio:

℣. Ave María Purísima / ℟. Sin pecado concebida.

María Madre de Gracia de Amor y Misericordia, en la vida y en la muerte ampáranos gran Señora. Amén.

Oh Jesús, perdónanos, líbranos del fuego del infierno, lleva todas las almas al cielo, especialmente las más necesitadas.

Letanía Lauretanas

Señor, ten piedad.℟. Señor, ten piedad.
Cristo, ten piedad.℟. Cristo, ten piedad.
Señor, ten piedad.℟. Señor, ten piedad.
Cristo, óyenos.℟. Cristo, óyenos.
Cristo, escúchanos.℟. Cristo, escúchanos.

Dios Padre celestial, ten misericordia de nosotros.
Dios Hijo, Redentor del mundo, ten misericordia...
Dios Espíritu Santo, ten misericordia...
Trinidad Santa, un solo Dios, ten misericordia...

(A cada invocación: Ruega por nosotros)

  • Santa María,
  • Santa Madre de Dios,
  • Santa Virgen de las vírgenes,
  • Madre de Cristo,
  • Madre de la Iglesia,
  • Madre de la Misericordia,
  • Madre de la divina gracia,
  • Madre de la Esperanza,
  • Madre purísima,
  • Madre castísima,
  • Madre siempre virgen,
  • Madre inmaculada,
  • Madre amable,
  • Madre admirable,
  • Madre del Buen Consejo,
  • Madre del Creador,
  • Madre del Salvador,
  • Virgen prudentísima,
  • Virgen digna de alabanza
  • Virgen poderosa,
  • Trono de sabiduría
  • Causa de nuestra alegría,
  • Vaso espiritual,
  • Vaso digno de honor,
  • Vaso insigne de devoción,
  • Rosa mística,
  • Torre de David,
  • Torre de marfil,
  • Casa de oro,
  • Arca de la alianza,
  • Puerta del cielo,
  • Estrella de la mañana,
  • Salud de los enfermos,
  • Refugio de los pecadores,
  • Consuelo de los migrantes,
  • Consuelo de los afligidos,
  • Auxilio de los cristianos,
  • Reina de los Ángeles,
  • Reina de Patriarcas,
  • Reina de los Profetas,
  • Reina de los Apóstoles,
  • Reina de los Mártires,
  • Reina de los onfesores,
  • Reina de las Vírgenes,
  • Reina de todos los Santos,
  • Reina concebida sin pecado original,
  • Reina asunta a los cielos,
  • Reina del Santísimo Rosario,
  • Reina de la familia,
  • Reina de la paz.

Kyrie, eléison.℟. Kyrie, eléison.
Christe, eléison.℟. Christe, eléison.
Kyrie, eléison.℟. Kyrie, eléison.
Christe, audi nos.℟. Christe, audi nos.
Christe, exáudi nos.℟. Christe, exáudi nos.

Pater de cælis, Deus, miserére nobis.
Fili, Redémptor mundi, Deus, miserére...
Spíritus Sancte, Deus, miserére...
Sancta Trínitas, unus Deus, miserére...

(Ad singulas invocationes: Ora pro nobis)

  • Sancta Maria,
  • Sancta Dei Genetrix,
  • Sancta Virgo Virginum,
  • Mater Christi,
  • Mater Ecclesiae,
  • Mater Misericordiae,
  • Mater Divinae Gratiae,
  • Mater Spei,
  • Mater Purissima,
  • Mater Castissima,
  • Mater Semper Virgo,
  • Mater Immaculata,
  • Mater Alma,
  • Mater Admirabilis,
  • Mater Boni Consilii,
  • Mater Creatoris,
  • Mater Salvatoris,
  • Virgo Prudensissima,
  • Virgo Laude Digna,
  • Virgo Potens,
  • Thronus Sapientiae,
  • Causa Gaudii Nostri,
  • Vas Spirituale,
  • Vas Honore Dignum,
  • Vas Singulare Devotionis,
  • Rosa Mystica,
  • Turris David,
  • Turris Eburneam,
  • Domus Aurea,
  • Arca Foederis,
  • Porta Caeli,
  • Stella Matutina,
  • Salus Dominae Nostrae Aegrotorum,
  • Refugium Peccatorum,
  • Consolatio Migrantium,
  • Consolatio Afflictae,
  • Auxilium Christianorum,
  • Regina Angelorum,
  • Regina Patriarcharum,
  • Regina Prophetarum,
  • Regina Apostolorum,
  • Regina Martyrum,
  • Regina Confessorum,
  • Regina Virginum,
  • Regina Omnium Sanctorum,
  • Regina Sine Lacrima Originali Concepta,
  • Regina in Caelum Assumpta,
  • Regina Sanctissimi Rosarii,
  • Regina Familiae,
  • Regina Pacis.

Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, perdónanos, Señor.
Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, escúchanos, Señor.
Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, ten misericordia de nosotros.

℣. Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios.
℟. Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de nuestro Señor Jesucristo.

Oración: Te suplicamos, Señor, que derrames tu gracia en nuestras almas, para que los que, por el anuncio del Ángel, hemos conocido la Encarnación de tu Hijo Jesucristo, por su Pasión y Cruz, seamos llevados a la gloria de su resurrección. Por Jesucristo nuestro Señor.

- Por las necesidades de la Iglesia y del Estado: Padre nuestro, Avemaría, Gloria.
- Por la persona e intenciones del Obispo de esta diócesis: Padre nuestro, Avemaría, Gloria.
- Por las Ánimas benditas del purgatorio: Padre nuestro, Avemaría. Descansen en paz.

Acción de gracias: Infintas gracias os damos, sobreana Princesa, por los favores que todos los días recibimos de vuestra benéfica mano; dignaos, Señora, tenernos ahora y siempre bajo vuestra protección y amparo; y para más obligaros, os saludamos con una Salve:

"Dios te salve Reina y Madre de misericordia..."

- Por las intenciones del Romano Pontífice: Padre nuestro, Avemaría, Gloria.

Agnus Dei, qui tollis peccáta mundi, parce nobis, Dómine.
Agnus Dei, qui tollis peccáta mundi, exáudi nos, Dómine.
Agnus Dei, qui tollis peccáta mundi, miserére nobis.

℣. Ora pro nobis, Sancta Dei Genitrix.
℟. Ut digni efficiamur promissionibus Christi.

Orémus:Grátiam tuam, quǽsumus, Dómine, méntibus nostris infúnde: ut qui, Ángelo nuntiánte, Christi Fílii tui Incarnatiónem cognóvimus; per Passiónem eius et Crucem, ad resurrectiónis glóriam perducámur. Per Christum Dóminum nostrum.

- Pro necessitatibus Ecclesiæ et Status: Pater noster: Pater noster. Ave Maria. Gloria Patri.
- Pro persona et intentionibus Excellentissimi ac Reverendissimi Domini Episcopi huius diœcesis: Pater noster. Ave Maria. Gloria Patri.
- Pro animabus benedictis in Purgatorio: Pater noster. Ave Maria. Requiescant in pace. Amen.

Acción de gracias: Infintas gracias os damos, sobreana Princesa, por los favores que todos los días recibimos de vuestra benéfica mano; dignaos, Señora, tenernos ahora y siempre bajo vuestra protección y amparo; y para más obligaros, os saludamos con una Salve:

"Salve, Regina, Mater misericordiae..."

- Pro intentiones Romani Pontificis: Pater noster. Ave Maria. Gloria Patri.

Viernes Santo:
℣. Cristo por nosotros se hizo obediente hasta la muerte. / ℟. Y muerte de cruz.
(Lat: Christus pro nobis factus est obediens usque ad mortem. / Et mortem crucis.)

Sábado Santo:
℣.Cristo por nosotros se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. / ℟. Por lo cual Dios lo exaltó y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre.
(Lat: Christus pro nobis factus est obediens usque ad mortem, et mortem crucis. / ℟. Propter quod Deus exaltavit eum et dedit ei nomen quod super omne nomen est.)

Coronilla de la Divina Misericordia

(Se hace la señal de la cruz mientras se dice)
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Oraciones Iniciales:
Padre nuestro...
Dios te salve, María...
Creo en Dios, Padre Todopoderoso... (Credo de los Apóstoles)

En las cuentas mayores (donde el Padre Nuestro):
Padre Eterno, te ofrezco el Cuerpo y la Sangre, el Alma y la Divinidad de tu amadísimo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, como propiciación de nuestros pecados y los del mundo entero.

En las diez cuentas menores (donde el Ave María):
℣. Por su dolorosa Pasión,
℟. Ten misericordia de nosotros y del mundo entero.

Al terminar las cinco decenas se dice tres veces:
℣. Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal,
℟. Ten misericordia de nosotros y del mundo entero.

Oración Final:
Oh Dios Eterno, en quien la misericordia es infinita y el tesoro de compasión inagotable, vuelve a nosotros tu mirada bondadosa y aumenta tu misericordia en nosotros, para que en momentos difíciles no nos desesperemos ni nos desalentemos, sino que, con gran confianza, nos sometamos a tu santa voluntad, que es el Amor y la Misericordia mismos. Amén.

Los Siete Domingos de San José

La Iglesia, siguiendo una antigua costumbre, prepara la fiesta de San José, el día 19 de marzo, dedicando al Santo Patriarca los siete domingos anteriores a esa fiesta —en recuerdo de los principales gozos y dolores de la vida de San José. Comienzan el séptimo domingo antes del 19 de marzo (último domingo de enero o primero de febrero).

Ofrecimiento para todos los días

Glorioso Patriarca San José, eficaz consuelo de los afligidos y seguro refugio de los moribundos; dignaos aceptar el obsequio de este ejercicio que voy a rezar en memoria de vuestros siete dolores y gozos. Y así como en vuestra feliz muerte, Jesucristo y su madre María os asistieron y consolaron tan amorosamente, así también Vos, asistidme en aquel trance, para que, no faltando yo a la fe, a la esperanza y a la caridad, me haga digno, por los méritos de la sangre de Nuestro Señor Jesucristo y vuestro patrocinio, de la consecución de la vida eterna, y por tanto de vuestra compañía en el Cielo. Amén.

Primer Domingo

Su dolor: cuando decidió abandonar a la Bienaventurada Virgen María.

Su gozo: cuando el ángel le comunicó el misterio de la Encarnación: que el niño nacido de María es Hijo de Dios y el Mesías esperado.

Glorioso San José, esposo de María Santísima. Como fue grande la angustia y el dolor de tu corazón, en la duda de abandonar a tu purísima Esposa, así fue inmensa la alegría cuando te fue revelado por el Ángel el soberano misterio de la Redención.

Por este dolor y gozo, te rogamos nos consueles en las angustias de nuestra última hora y nos concedas una santa muerte, después de haber vivido una vida semejante a la tuya junto a Jesús y María. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

Segundo Domingo

Su dolor: cuando vio al Niño Jesús nacer en la pobreza.

Su gozo: cuando los ángeles anunciaron su nacimiento.

Dichoso Patriarca San José, elegido para cumplir los oficios de padre cerca del Verbo Humanado. Grande fue tu dolor al ver nacido a Jesús en tan extrema pobreza, pero este dolor se cambió en gozo celestial al oír los cantos de los ángeles y contemplar el resplandor de aquella luminosa noche.

Por este dolor y gozo, te suplicamos nos alcances la gracia de que, después de haber seguido nuestro camino en la tierra, podamos oír las alabanzas angélicas y gozar de la vista de la gloria celestial. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

Tercer Domingo

Su dolor: cuando vio la sangre de Jesús verterse en la circuncisión.

Su gozo: cuando lo llamó «Jesús».

Glorioso San José, ejecutor obediente de la Ley de Dios. La Sangre preciosa que en la circuncisión derramó el divino Redentor, te traspasó el corazón, pero el nombre de Jesús, que se le impuso, te llenó de consuelo.

Por este dolor y gozo, te rogamos nos alcances la gracia de vivir luchando contra la esclavitud de los vicios, para tener la dicha de morir con el nombre de Jesús en los labios y en el corazón. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

Cuarto Domingo

Su dolor: cuando oyó la profecía de Simeón.

Su gozo: cuando supo que los sufrimientos de Jesús salvarían al mundo.

San José, modelo de fidelidad en el cumplimiento de los planes de Dios. Grande fue tu dolor al saber, por la profecía de Simeón, que Jesús y María estaban destinados a padecer; mas este dolor se convirtió en gozo al conocer que los padecimientos de Jesús y María serían causa de salvación para innumerables almas.

Por este dolor y gozo, te rogamos que, por los méritos de Jesús y María, seamos contados entre aquellos que han de resucitar gloriosamente. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

Quinto Domingo

Su dolor: al huir a Egipto con Jesús y María.

Su gozo: al estar siempre en su compañía.

San José, custodio y familiar íntimo del Verbo de Dios encarnado. Grande fue tu sufrimiento para alimentar y servir al Hijo del Altísimo, sobre todo en la huida a Egipto; de igual manera fue grande tu alegría al tener siempre en tu compañía al mismo Hijo de Dios y ver cómo caían en tierra los ídolos de Egipto.

Por este dolor y gozo, te rogamos nos alcances la gracia de que, huyendo de las ocasiones de pecado, venzamos al enemigo infernal y hagamos caer de nuestro corazón todo ídolo de pasiones terrenas, para que, ocupados en servir a Jesús y a María, vivamos únicamente para ellos y tengamos una muerte feliz. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

Sexto Domingo

Su dolor: cuando temía volver a su casa.

Su gozo: al ser avisado por el ángel de ir a Nazaret.

Glorioso San José, que tuviste sujeto a tus órdenes al Rey de los Cielos. Si tu alegría al regresar de Egipto se vio turbada por el miedo a Arquelao, después, al ser tranquilizado por el Ángel, viviste contento en Nazaret con Jesús y María.

Por este dolor y gozo, alcánzanos la gracia de vernos libres de temores, y gozando de la paz de conciencia, de vivir seguros con Jesús y María y morir en su compañía. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

Séptimo Domingo

Su dolor: al perder al Niño Jesús.

Su gozo: al encontrarlo en el Templo.

San José, ejemplar de toda santidad. Grande fue tu dolor al perder, sin culpa, al Niño Jesús, y haber de buscarle, con gran pena, durante tres días; pero mayor fue tu gozo cuando al tercer día lo hallaste en el Templo en medio de los Doctores.

Por este dolor y gozo, te suplicamos nos alcances la gracia de no perder nunca a Jesús por el pecado mortal, y si por desgracia lo perdiéramos, haz que lo busquemos con vivo dolor, hasta que lo encontremos y podamos vivir con su amistad para gozar de Él contigo en el Cielo y cantar allí eternamente su divina misericordia. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

Vía Crucis I

Por la señal de la Santa Cruz... Señor mío Jesucristo…

Tras el anuncio de cada estación:
V/. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos,
R/. Porque por tu santa cruz redimiste al mundo.
Se medita la estación, leyendo el pequeño texto que la acompaña.
Padrenuestro, Avemaría y Gloria

R/. Señor, pequé, tened piedad y misericordia de mí.

  1. Primera estación: Jesús es sentenciado a muerte.
    – Siendo Dios inmortal, Jesús quiso morir para librarme del pecado.
  2. Segunda estación: Jesús carga con la cruz.
    – El Señor lleva a cuestas la Cruz, para enseñarme a llevar yo las mías.
  3. Tercera estación: Jesús cae por primera vez, bajo el peso de la cruz.
    – Son mis pecados los que hacen que el Señor caiga por tierra.
  4. Cuarta estación: Jesús se encuentra con su Madre.
    – Madre mía: no me faltes nunca en mi camino.
  5. Quinta estación: El Cirineo ayuda al Señor a llevar la cruz.
    – Llevando con ánimo mis cruces, ayudo a Jesús a llevar el peso de la suya.
  6. Sexta estación: La Verónica enjuga el rostro de Jesús.
    – Tengo que consolar a los demás, cuando sufren, viendo en ellos al Señor.
  7. Séptima estación: Jesús cae por segunda vez.
    – Señor, dame fuerzas y amor para levantarme cada vez que caiga.
  8. Octava estación: Jesús consuela a las hijas de Jerusalén.
    – El Señor vuelca sobre nosotros su misericordia, aunque esté sufriendo por nuestra culpa.
  9. Novena estación: Jesús cae por tercera vez.
    – Aunque yo caiga muchas veces, el Señor me perdonará siempre por medio de la Confesión.
  10. Décima estación: Jesús es despojado de sus vestiduras.
    – La vergüenza que pasó el Señor al quedar desnudo, debe hacerme estimar la virtud de la modestia y el pudor.
  11. Undécima estación: Jesús es clavado en la cruz.
    – Los tremendos dolores del Señor me recuerdan que he de ser mortificado.
  12. Duodécima estación: Jesús muere en la cruz.
    – Nadie ama más a su amigo, que el que da su vida por ese amigo.
  13. Decimotercera estación: Jesús es bajado de la cruz y puesto en brazos de su Madre.
    – Madre mía, quiero acompañarte en tu dolor con el dolor de mis pecados.
  14. Decimocuarta estación: Jesús es puesto en el sepulcro.
    – Me dice San Pablo que he sido sepultado con Cristo, para no cometer más pecados.

Oración final:
Te suplico, Señor, que me concedas, por intercesión de tu Madre la Virgen, que cada vez que medite tu Pasión, quede grabado en mí con marca de actualidad constante, lo que Tú has hecho por mí y tus constantes beneficios. Haz, Señor, que me acompañe, durante toda mi vida, un agradecimiento inmenso a tu Bondad. Amén.

Oración a la Virgen de los Dolores:
Virgen Santísima de los Dolores, mírame cargando la cruz de mi sufrimiento; acompáñame como acompañaste a tu Hijo Jesús en el camino del Calvario; eres mi Madre y te necesito. Ayúdame a sufrir con amor y esperanza para que mi dolor redentor en las manos de Dios se convierta en un gran bien para la salvación de las almas. Amén.

Vía Crucis II

Cardenal Ratzinger, Coliseo 2005

Oración inicial

Señor Jesucristo, has aceptado por nosotros correr la suerte del grano de trigo que cae en tierra y muere para producir mucho fruto (Jn 12, 24). Nos invitas a seguirte cuando dices: «El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna» (Jn 12, 25). Sin embargo, nosotros nos aferramos a nuestra vida. No queremos abandonarla, sino guardarla para nosotros mismos. Queremos poseerla, no ofrecerla. Tú te adelantas y nos muestras que sólo entregándola salvamos nuestra vida. Mediante este ir contigo en el Vía crucis quieres guiarnos hacia el proceso del grano de trigo, hacia el camino que conduce a la eternidad. La cruz –la entrega de nosotros mismos– nos pesa mucho. Pero en tu Vía crucis tú has cargado también con mi cruz, y no lo has hecho en un momento ya pasado, porque tu amor es por mi vida de hoy. La llevas hoy conmigo y por mí y, de una manera admirable, quieres que ahora yo, como entonces Simón de Cirene, lleve contigo tu cruz y que, acompañándote, me ponga contigo al servicio de la redención del mundo. Ayúdame para que mi Vía crucis sea algo más que un momentáneo sentimiento de devoción. Ayúdanos a acompañarte no sólo con nobles pensamientos, sino a recorrer tu camino con el corazón, más aún, con los pasos concretos de nuestra vida cotidiana. Que nos encaminemos con todo nuestro ser por la vía de la cruz y sigamos siempre tu huellas. Líbranos del temor a la cruz, del miedo a las burlas de los demás, del miedo a que se nos pueda escapar nuestra vida si no aprovechamos con afán todo lo que nos ofrece. Ayúdanos a desenmascarar las tentaciones que prometen vida, pero cuyos resultados, al final, sólo nos dejan vacíos y frustrados. Que en vez de querer apoderarnos de la vida, la entreguemos. Ayúdanos, al acompañarte en este itinerario del grano de trigo, a encontrar, en el «perder la vida», la vía del amor, la vía que verdaderamente nos da la vida, y vida en abundancia (Jn 10, 10).

Primera estación: Jesús es condenado a muerte

℣. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
℟. Que por tu santa cruz, redimiste al mundo.

Lectura del Evangelio según San Mateo 27, 22-23.26

Pilato les preguntó: «¿y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?» Contestaron todos: «¡que lo crucifiquen!» Pilato insistió :«pues ¿qué mal ha hecho?» Pero ellos gritaban más fuerte: «¡que lo crucifiquen!» Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.

MEDITACIÓN

El Juez del mundo, que un día volverá a juzgarnos, está allí, humillado, deshonrado e indefenso delante del juez terreno. Pilato no es un monstruo de maldad. Sabe que este condenado es inocente; busca el modo de liberarlo. Pero su corazón está dividido. Y al final prefiere su posición personal, su propio interés, al derecho. También los hombres que gritan y piden la muerte de Jesús no son monstruos de maldad. Muchos de ellos, el día de Pentecostés, sentirán «el corazón compungido» (Hch 2, 37), cuando Pedro les dirá: «Jesús Nazareno, que Dios acreditó ante vosotros [...], lo matasteis en una cruz...» (Hch 2, 22 ss). Pero en aquel momento están sometidos a la influencia de la muchedumbre. Gritan porque gritan los demás y como gritan los demás. Y así, la justicia es pisoteada por la bellaquería, por la pusilaminidad, por miedo a la prepotencia de la mentalidad dominante. La sutil voz de la conciencia es sofocada por el grito de la muchedumbre. La indecisión, el respeto humano dan fuerza al mal.

ORACIÓN

Señor, has sido condenado a muerte porque el miedo al «qué dirán» ha sofocado la voz de la conciencia. Sucede siempre así a lo largo de la historia; los inocentes son maltratados, condenados y asesinados. Cuántas veces hemos preferido también nosotros el éxito a la verdad, nuestra reputación a la justicia. Da fuerza en nuestra vida a la sutil voz de la conciencia, a tu voz. Mírame como lo hiciste con Pedro después de la negación. Que tu mirada penetre en nuestras almas y nos indique el camino en nuestra vida. El día de Pentecostés has conmovido en corazón e infundido el don de la conversión a los que el Viernes Santo gritaron contra ti. De este modo nos has dado esperanza a todos. Danos también a nosotros de nuevo la gracia de la conversión.

Todos:

Padrenuestro...

Stabat mater dolorosa,
iuxta crucem lacrimosa,
dum pendebat Filius.

Segunda estación: Jesús con la cruz a cuestas

Lectura del Evangelio según San Mateo 27, 27-31

Los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la compañía: lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y trenzando una corona de espinas se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y doblando ante él la rodilla, se burlaban de él diciendo: «¡Salve, Rey de los judíos!». Luego lo escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella en la cabeza. Y terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar.

MEDITACIÓN

Jesús, condenado por declararse rey, es escarnecido, pero precisamente en la burla emerge cruelmente la verdad. ¡Cuántas veces los signos de poder ostentados por los potentes de este mundo son un insulto a la verdad, a la justicia y a la dignidad del hombre! Cuántas veces sus ceremonias y sus palabras grandilocuentes, en realidad, no son más que mentiras pomposas, una caricatura de la tarea a la que se deben por su oficio, el de ponerse al servicio del bien. Jesús, precisamente por ser escarnecido y llevar la corona del sufrimiento, es el verdadero rey. Su cetro es la justicia (Sal 44, 7). El precio de la justicia es el sufrimiento en este mundo: él, el verdadero rey, no reina por medio de la violencia, sino a través del amor que sufre por nosotros y con nosotros. Lleva sobre sí la cruz, nuestra cruz, el peso de ser hombres, el peso del mundo. Así es como nos precede y nos muestra cómo encontrar el camino para la vida eterna.

ORACIÓN

Señor, te has dejado escarnecer y ultrajar. Ayúdanos a no unirnos a los que se burlan de quienes sufren o son débiles. Ayúdanos a reconocer tu rostro en los humillados y marginados. Ayúdanos a no desanimarnos ante las burlas del mundo cuando se ridiculiza la obediencia a tu voluntad. Tú has llevado la cruz y nos has invitado a seguirte por ese camino (Mt 10, 38). Danos fuerza para aceptar la cruz, sin rechazarla; para no lamentarnos ni dejar que nuestros corazones se abatan ante las dificultades de la vida. Anímanos a recorrer el camino del amor y, aceptando sus exigencias, alcanzar la verdadera alegría.

Todos:

Padrenuestro...

Cuius animam gementem,
contristatam et dolentem
pertransivit gladius.

Tercera estación: Jesús cae por primera vez

Lectura del libro del profeta Isaías 53, 4-6

Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado, traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable vino sobre él, sus cicatrices nos curaron. Todos errábamos como ovejas, cada uno siguiendo su camino, y el Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes.

MEDITACIÓN

El hombre ha caído y cae siempre de nuevo: cuántas veces se convierte en una caricatura de sí mismo y, en vez de ser imagen de Dios, ridiculiza al Creador. ¿No es acaso la imagen por excelencia del hombre la de aquel que, bajando de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de los salteadores que lo despojaron dejándolo medio muerto, sangrando al borde del camino? Jesús que cae bajo la cruz no es sólo un hombre extenuado por la flagelación. El episodio resalta algo más profundo, como dice Pablo en la carta a los Filipenses: «Él, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2, 6-8). En su caída bajo el peso de la cruz aparece todo el itinerario de Jesús: su humillación voluntaria para liberarnos de nuestro orgullo. Subraya a la vez la naturaleza de nuestro orgullo: la soberbia que nos induce a querer emanciparnos de Dios, a ser sólo nosotros mismos, sin necesidad del amor eterno y aspirando a ser los únicos artífices de nuestra vida. En esta rebelión contra la verdad, en este intento de hacernos dioses, nuestros propios creadores y jueces, nos hundimos y terminamos por autodestruirnos. La humillación de Jesús es la superación de nuestra soberbia: con su humillación nos ensalza. Dejemos que nos ensalce. Despojémonos de nuestra autosuficiencia, de nuestro engañoso afán de autonomía y aprendamos de él, del que se ha humillado, a encontrar nuestra verdadera grandeza, humillándonos y dirigiéndonos hacia Dios y los hermanos oprimidos.

ORACIÓN

Señor Jesús, el peso de la cruz te ha hecho caer. El peso de nuestro pecado, el peso de nuestra soberbia, te derriba. Pero tu caída no es signo de un destino adverso, no es la pura y simple debilidad de quien es despreciado. Has querido venir a socorrernos porque a causa de nuestra soberbia yacemos en tierra. La soberbia de pensar que podemos forjarnos a nosotros mismos lleva a transformar al hombre en una especie de mercancía, que puede ser comprada y vendida, una reserva de material para nuestros experimentos, con los cuales esperamos superar por nosotros mismos la muerte, mientras que, en realidad, no hacemos más que mancillar cada vez más profundamente la dignidad humana. Señor, ayúdanos porque hemos caído. Ayúdanos a renunciar a nuestra soberbia destructiva y, aprendiendo de tu humildad, a levantarnos de nuevo.

Todos:

Padrenuestro...

O quam tristis et afflicta
fuit illa benedica
mater Unigeniti!

Cuarta estación: Jesús se encuentra con su Madre

Lectura del Evangelio según San Lucas 2, 34-35.51

Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: «Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma». Su madre conservaba todo esto en su corazón.

MEDITACIÓN

En el Vía crucis de Jesús está también María, su Madre. Durante su vida pública debía retirarse para dejar que naciera la nueva familia de Jesús, la familia de sus discípulos. También hubo de oír estas palabras: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?... El que cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre» (Mt 12, 48-50). Y esto muestra que ella es la Madre de Jesús no solamente en el cuerpo, sino también en el corazón. Porque incluso antes de haberlo concebido en el vientre, con su obediencia lo había concebido en el corazón. Se le había dicho: «Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo... Será grande..., el Señor Dios le dará el trono de David su padre» (Lc 1, 31 ss). Pero poco más tarde el viejo Simeón le diría también: «y a ti, una espada te traspasará el alma» (Lc 2, 35). Esto le haría recordar palabras de los profetas como éstas: «Maltratado, voluntariamente se humillaba y no abría boca; como un cordero llevado al matadero» (Is 53, 7). Ahora se hace realidad. En su corazón habrá guardado siempre la palabra que el ángel le había dicho cuando todo comenzó: «No temas, María» (Lc 1, 30). Los discípulos han huido, ella no. Está allí, con el valor de la madre, con la fidelidad de la madre, con la bondad de la madre, y con su fe, que resiste en la oscuridad: «Bendita tú que has creído» (Lc 1, 45). «Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?» (Lc 18, 8). Sí, ahora ya lo sabe: encontrará fe. Éste es su gran consuelo en aquellos momentos.

ORACIÓN

Santa María, Madre del Señor, has permanecido fiel cuando los discípulos huyeron. Al igual que creíste cuando el ángel te anunció lo que parecía increíble –que serías la madre del Altísimo– también has creído en el momento de su mayor humillación. Por eso, en la hora de la cruz, en la hora de la noche más oscura del mundo, te han convertido en la Madre de los creyentes, Madre de la Iglesia. Te rogamos que nos enseñes a creer y nos ayudes para que la fe nos impulse a servir y dar muestras de un amor que socorre y sabe compartir el sufrimiento.

Todos:

Padrenuestro...

Quæ mærebat et dolebat
Pia mater, cum videbat
Nati poenas incliti.

Quinta estación: El Cireneo ayuda a Jesús a llevar la cruz

Lectura Evangelio según San Mateo 27, 32; 16, 24

Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a que llevara la cruz.
Jesús había dicho a sus discípulos: «El que quiera venir conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga».

MEDITACIÓN

Simón de Cirene, de camino hacia casa volviendo del trabajo, se encuentra casualmente con aquella triste comitiva de condenados, un espectáculo quizás habitual para él. Los soldados usan su derecho de coacción y cargan al robusto campesino con la cruz. ¡Qué enojo debe haber sentido al verse improvisamente implicado en el destino de aquellos condenados! Hace lo que debe hacer, ciertamente con mucha repugnancia. El evangelista Marcos menciona también a sus hijos, seguramente conocidos como cristianos, como miembros de aquella comunidad (Mc 15, 21). Del encuentro involuntario ha brotado la fe. Acompañando a Jesús y compartiendo el peso de la cruz, el Cireneo comprendió que era una gracia poder caminar junto a este Crucificado y socorrerlo. El misterio de Jesús sufriente y mudo le llegado al corazón. Jesús, cuyo amor divino es lo único que podía y puede redimir a toda la humanidad, quiere que compartamos su cruz para completar lo que aún falta a sus padecimientos (Col 1, 24). Cada vez que nos acercamos con bondad a quien sufre, a quien es perseguido o está indefenso, compartiendo su sufrimiento, ayudamos a llevar la misma cruz de Jesús. Y así alcanzamos la salvación y podemos contribuir a la salvación del mundo.

ORACIÓN

Señor, a Simón de Cirene le has abierto los ojos y el corazón, dándole, al compartir la cruz, la gracia de la fe. Ayúdanos a socorrer a nuestro prójimo que sufre, aunque esto contraste con nuestros proyectos y nuestras simpatías. Danos la gracia de reconocer como un don el poder compartir la cruz de los otros y experimentar que así caminamos contigo. Danos la gracia de reconocer con gozo que, precisamente compartiendo tu sufrimiento y los sufrimientos de este mundo, nos hacemos servidores de la salvación, y que así podemos ayudar a construir tu cuerpo, la Iglesia.

Todos:

Padrenuestro...

Quis est homo qui non fleret,
matrem Christi si videret
in tanto supplicio?

Sexta estación: La Verónica enjuga el rostro de Jesús

Lectura del libro del profeta Isaías 53, 2-3

No tenía figura ni belleza. Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado por los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultan los rostros; despreciado y desestimado.


Del libro de los Salmos 26, 8-9

Oigo en mi corazón: «Buscad mi rostro». Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro. No rechaces con ira a tu siervo, que tú eres mi auxilio; no me deseches, no me abandones, Dios de mi salvación.

MEDITACIÓN

«Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro » (Sal 26, 8-9). Verónica –Berenice, según la tradición griega– encarna este anhelo que acomuna a todos los hombres píos del Antiguo Testamento, el anhelo de todos los creyentes de ver el rostro de Dios. Ella, en principio, en el Vía crucis de Jesús no hace más que prestar un servicio de bondad femenina: ofrece un paño a Jesús. No se deja contagiar ni por la brutalidad de los soldados, ni inmovilizar por el miedo de los discípulos. Es la imagen de la mujer buena que, en la turbación y en la oscuridad del corazón, mantiene el brío de la bondad, sin permitir que su corazón se oscurezca. «Bienaventurados los limpios de corazón –había dicho el Señor en el Sermón de la montaña–, porque verán a Dios» (Mt 5, 8). Inicialmente, Verónica ve solamente un rostro maltratado y marcado por el dolor. Pero el acto de amor imprime en su corazón la verdadera imagen de Jesús: en el rostro humano, lleno de sangre y heridas, ella ve el rostro de Dios y de su bondad, que nos acompaña también en el dolor más profundo. Únicamente podemos ver a Jesús con el corazón. Solamente el amor nos deja ver y nos hace puros. Sólo el amor nos permite reconocer a Dios, que es el amor mismo.

ORACIÓN

Danos, Señor, la inquietud del corazón que busca tu rostro. Protégenos de la oscuridad del corazón que ve solamente la superficie de las cosas. Danos la sencillez y la pureza que nos permiten ver tu presencia en el mundo. Cuando no seamos capaces de cumplir grandes cosas, danos la fuerza de una bondad humilde. Graba tu rostro en nuestros corazones, para que así podamos encontrarte y mostrar al mundo tu imagen.

Todos:

Padrenuestro...

Pro peccatis suæ gentis
vidit Iesum in tormentis
et flagellis subditum.

Séptima estación: Jesús cae por segunda vez

Lectura del libro de las Lamentaciones 3, 1-2.9.16

Yo soy el hombre que ha visto la miseria bajo el látigo de su furor. El me ha llevado y me ha hecho caminar en tinieblas y sin luz. Ha cercado mis caminos con piedras sillares, ha torcido mis senderos. Ha quebrado mis dientes con guijarro, me ha revolcado en la ceniza.

MEDITACIÓN

La tradición de las tres caídas de Jesús y del peso de la cruz hace pensar en la caída de Adán –en nuestra condición de seres caídos– y en el misterio de la participación de Jesús en nuestra caída. Ésta adquiere en la historia for-mas siempre nuevas. En su primera carta, san Juan habla de tres obstáculos para el hombre: la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida. Interpreta de este modo, desde la perspectiva de los vicios de su tiempo, con todos sus excesos y perversiones, la caída del hombre y de la humanidad. Pero podemos pensar también en cómo la cristiandad, en la historia reciente, como cansándose de tener fe, ha abandonado al Señor: las grandes ideologías y la superficialidad del hombre que ya no cree en nada y se deja llevar simplemente por la corriente, han creado un nuevo paganismo, un paganismo peor que, queriendo olvidar definitivamente a Dios, ha terminado por desentenderse del hombre. El hombre, pues, está sumido en la tierra. El Señor lleva este peso y cae y cae, para poder venir a nuestro encuentro; él nos mira para que despierte nuestro corazón; cae para levantarnos.

ORACIÓN

Señor Jesucristo, has llevado nuestro peso y continúas llevándolo. Es nuestra carga la que te hace caer. Pero levántanos tú, porque solos no podemos reincorporarnos. Líbranos del poder de la concupiscencia. En lugar de un corazón de piedra danos de nuevo un corazón de carne, un corazón capaz de ver. Destruye el poder de las ideologías, para que los hombres puedan reconocer que están entretejidas de mentiras. No permitas que el muro del materialismo llegue a ser insuperable. Haz que te reconozcamos de nuevo. Haznos sobrios y vigilantes para poder resistir a las fuerzas del mal y ayúdanos a reconocer las necesidades interiores y exteriores de los demás, a socorrerlos. Levántanos para poder levantar a los demás. Danos esperanza en medio de toda esta oscuridad, para que seamos portadores de esperanza para el mundo.

Todos:

Padrenuestro...

Quis non posset contristari,
Christi matrem contemplari,
dolentem cum Filio?

Octava estación: Jesús encuentra a las mujeres de Jerusalén

Lectura del Evangelio según San Lucas 23, 28-31

Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos, porque mirad que llegará el día en que dirán: «dichosas las estériles y los vientres que no han dado a luz y los pechos que no han criado». Entonces empezarán a decirles a los montes: «Desplomaos sobre nosotros»; y a las colinas: «Sepultadnos»; porque si así tratan al leño verde, ¿qué pasará con el seco?

MEDITACIÓN

Oír a Jesús cuando exhorta a las mujeres de Jerusalén que lo siguen y lloran por él, nos hace reflexionar. ¿Cómo entenderlo? ¿Se tratará quizás de una advertencia ante una piedad puramente sentimental, que no llega a ser conversión y fe vivida? De nada sirve compadecer con palabras y sentimientos los sufrimientos de este mundo, si nuestra vida continúa como siempre. Por esto el Señor nos advierte del riesgo que corremos nosotros mismos. Nos muestra la gravedad del pecado y la seriedad del juicio. No obstante todas nuestras palabras de preocupación por el mal y los sufrimientos de los inocentes, ¿no estamos tal vez demasiado inclinados a dar escasa importancia al misterio del mal? En la imagen de Dios y de Jesús al final de los tiempos, ¿no vemos quizás únicamente el aspecto dulce y amoroso, mientras descuidamos tranquilamente el aspecto del juicio? ¿Cómo podrá Dios –pensamos– hacer de nuestra debilidad un drama? ¡Somos solamente hombres! Pero ante los sufrimientos del Hijo vemos toda la gravedad del pecado y cómo debe ser expiado del todo para poder superarlo. No se puede seguir quitando importancia al mal contemplando la imagen del Señor que sufre. También él nos dice: «No lloréis por mí; llorad más bien por vosotros... porque si así tratan al leño verde, ¿qué pasará con el seco?»

ORACIÓN

Señor, a las mujeres que lloran les has hablado de penitencia, del día del Juicio cuando nos encontremos en tu presencia, en presencia del Juez del mundo. Nos llamas a superar un concepción del mal como algo banal, con la cual nos tranquilizamos para poder continuar nuestra vida de siempre. Nos muestras la gravedad de nuestra responsabilidad, el peligro de encontrarnos culpables y estériles en el Juicio. Haz que caminemos junto a ti sin limitarnos a ofrecerte sólo palabras de compasión. Conviértenos y danos una vida nueva; no permitas que, al final, nos quedemos como el leño seco, sino que lleguemos a ser sarmientos vivos en ti, la vid verdadera, y que produzcamos frutos para la vida eterna (cf. Jn 15, 1-10).

Todos:

Padrenuestro...

Tui Nati vulnerati,
tam dignati pro me pati,
poenas mecum divide.

Novena estación: Jesús cae por tercera vez

Lectura del libro de las Lamentaciones 3, 27-32

Bueno es para el hombre soportar el yugo desde su juventud. Que se sienta solitario y silencioso, cuando el Señor se lo impone; que ponga su boca en el polvo: quizá haya esperanza; que tienda la mejilla a quien lo hiere, que se harte de oprobios. Porque el Señor no desecha para siempre a los humanos: si llega a afligir, se apiada luego según su inmenso amor.

MEDITACIÓN

¿Qué puede decirnos la tercera caída de Jesús bajo el peso de la cruz? Quizás nos hace pensar en la caída de los hombres, en que muchos se alejan de Cristo, en la tendencia a un secularismo sin Dios. Pero, ¿no deberíamos pensar también en lo que debe sufrir Cristo en su propia Iglesia? En cuántas veces se abusa del sacramento de su presencia, y en el vacío y maldad de corazón donde entra a menudo. ¡Cuántas veces celebramos sólo nosotros sin darnos cuenta de él! ¡Cuántas veces se deforma y se abusa de su Palabra! ¡Qué poca fe hay en muchas teorías, cuántas palabras vacías! ¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia! ¡Qué poco respetamos el sacramento de la Reconciliación, en el cual él nos espera para levantarnos de nuestras caídas! También esto está presente en su pasión. La traición de los discípulos, la recepción indigna de su Cuerpo y de su Sangre, es ciertamente el mayor dolor del Redentor, el que le traspasa el corazón. No nos queda más que gritarle desde lo profundo del alma: Kyrie, eleison – Señor, sálvanos (cf Mt 8,25).

ORACIÓN

Señor, frecuentemente tu Iglesia nos parece una barca a punto de hundirse, que hace aguas por todas partes. Y también en tu campo vemos más cizaña que trigo. Nos abruman su atuendo y su rostro tan sucios. Pero los empañamos nosotros mismos. Nosotros quienes te traicionamos, no obstante los gestos ampulosos y las palabras altisonantes. Ten piedad de tu Iglesia: también en ella Adán, el hombre, cae una y otra vez. Al caer, quedamos en tierra y Satanás se alegra, porque espera que ya nunca podremos levantarnos; espera que tú, siendo arrastrado en la caída de tu Iglesia, quedes abatido para siempre. Pero tú te levantarás. Tú te has reincorporado, has resucitado y puedes levantarnos. Salva y santifica a tu Iglesia. Sálvanos y santifícanos a todos.

Todos:

Padrenuestro...

Eia mater, fons amoris,
me sentire vim doloris
fac, ut tecum lugeam.

Décima estación: Jesús es despojado de sus vestiduras

Lectura del Evangelio según San Mateo 27, 33 -36

Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir «La Calavera»), le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron su ropa echándola a suertes y luego se sentaron a custodiarlo.

MEDITACIÓN

Jesús es despojado de sus vestiduras. El vestido confiere al hombre una posición social; indica su lugar en la sociedad, le hace ser alguien. Ser desnudado en público significa que Jesús no es nadie, no es más que un marginado, despreciado por todos. El momento de despojarlo nos recuerda también la expulsión del paraíso: ha desaparecido en el hombre el esplendor de Dios y ahora se encuentra en mundo desnudo y al descubierto, y se avergüenza. Jesús asume una vez más la situación del hombre caído. Jesús despojado nos recuerda que todos nosotros hemos perdido la «primera vestidura» y, por tanto, el esplendor de Dios. Al pie de la cruz los soldados echan a suerte sus míseras pertenencias, sus vestidos. Los evangelistas lo relatan con palabras tomadas del Salmo 21, 19 y nos indican así lo que Jesús dirá a los discípulos de Emaús: todo se cumplió «según las Escrituras». Nada es pura coincidencia, todo lo que sucede está dicho en la Palabra de Dios, confirmado por su designio divino. El Señor experimenta todas las fases y grados de la perdición de los hombres, y cada uno de ellos, no obstante su amargura, son un paso de la redención: así devuelve él a casa la oveja perdida. Recordemos también que Juan precisa el objeto del sorteo: la túnica de Jesús, «tejida de una pieza de arriba abajo» (Jn 19, 23). Podemos considerarlo una referencia a la vestidura del sumo sacerdote, que era «de una sola pieza», sin costuras (Flavio Josefo, Ant. jud., III, 161). Éste, el Crucificado, es de hecho el verdadero sumo sacerdote.

ORACIÓN

Señor Jesús, has sido despojado de tus vestiduras, expuesto a la deshonra, expulsado de la sociedad. Te has cargado de la deshonra de Adán, sanándolo. Te has cargado con los sufrimientos y necesidades de los pobres, aquellos que están excluidos del mundo. Pero es exactamente así como cumples la palabra de los profetas. Es así como das significado a lo que aparece privado de significado. Es así como nos haces reconocer que tu Padre te tiene en sus manos, a ti, a nosotros y al mundo. Concédenos un profundo respeto hacia el hombre en todas las fases de su existencia y en todas las situaciones en las cuales lo encontramos. Danos el traje de la luz de tu gracia.

Todos:

Padrenuestro...

Fac ut ardeat cor meum
in amando Christum Deum,
ut sibi complaceam.

Decimoprimera estación: Jesús clavado en la cruz

Lectura del Evangelio según San Mateo 7, 37-42

Encima de la cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Este es Jesús, el Rey de los judíos». Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda. Los que pasaban, lo injuriaban y decían meneando la cabeza: «Tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz». Los sumos sacerdotes con los letrados y los senadores se burlaban también diciendo: «A otros ha salvado y él no se puede salvar. ¿No es el Rey de Israel? Que baje ahora de la cruz y le creeremos».

MEDITACIÓN

Jesús es clavado en la cruz. La Sábana Santa de Turín nos permite hacernos una idea de la increíble crueldad de este procedimiento. Jesús no bebió el calmante que le ofrecieron: asume conscientemente todo el dolor de la crucifixión. Su cuerpo está martirizado; se han cumplido las palabras del Salmo: «Yo soy un gusano, no un hombre, vergüenza de la gente, desprecio del pueblo» (Sal 21, 27). «Como uno ante quien se oculta el rostro, era despreciado... Y con todo eran nuestros sufrimientos los que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba» (Is 53, 3 ss). Detengámonos ante esta imagen de dolor, ante el Hijo de Dios sufriente. Mirémosle en los momentos de satisfacción y gozo, para aprender a respetar sus límites y a ver la superficialidad de todos los bienes puramente materiales. Mirémosle en los momentos de adversidad y angustia, para reconocer que precisamente así estamos cerca de Dios. Tratemos de descubrir su rostro en aquellos que tendemos a despreciar. Ante el Señor condenado, que no quiere usar su poder para descender de la cruz, sino que más bien soportó el sufrimiento de la cruz hasta el final, podemos hacer aún otra reflexión. Ignacio de Antioquia, encadenado por su fe en el Señor, elogió a los cristianos de Esmirna por su fe inamovible: dice que estaban, por así decir, clavados con la carne y la sangre a la cruz del Señor Jesucristo (1,1). Dejémonos clavar a él, no cediendo a ninguna tentación de apartarnos, ni a las burlas que nos inducen a darle la espalda.

ORACIÓN

Señor Jesucristo, te has dejado clavar en la cruz, aceptando la terrible crueldad de este dolor, la destrucción de tu cuerpo y de tu dignidad. Te has dejado clavar, has sufrido sin evasivas ni compromisos. Ayúdanos a no desertar ante lo que debemos hacer. A unirnos estrechamente a ti. A desenmascarar la falsa libertad que nos quiere alejar de ti. Ayúdanos a aceptar tu libertad «comprometida» y a encontrar en la estrecha unión contigo la verdadera libertad.

Todos:

Padrenuestro...

Sancta mater, istud agas,
Crucifixi fige plagas
cordi meo valide.

Decimosegunda estación: Jesús muere en la cruz

Lectura del Evangelio según San Juan 19, 19-20

Pilato escribió un letrero y lo puso encima de la cruz; en él estaba escrito: «Jesús el Nazareno, el Rey de los judíos». Leyeron el letrero muchos judíos, estaba cerca el lugar donde crucificaron a Jesús y estaba escrito en hebreo, latín y griego.


Del Evangelio según San Mateo 27, 45-50. 54

Desde el mediodía hasta la media tarde vinieron tinieblas sobre toda aquella región. A media tarde Jesús gritó: «Elí, Elí lamá sabaktaní», es decir: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» Al oírlo algunos de los que estaban por allí dijeron: «A Elías llama éste». Uno de ellos fue corriendo; enseguida cogió una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio de beber. Los demás decían: «Déjalo, a ver si viene Elías a salvarlo». Jesús, dio otro grito fuerte y exhaló el espíritu. El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba dijeron aterrorizados: «Realmente éste era Hijo de Dios».

MEDITACIÓN

Sobre la cruz –en las dos lenguas del mundo de entonces, el griego y el latín, y en la lengua del pueblo elegido, el hebreo– está escrito quien es Jesús: el Rey de los judíos, el Hijo prometido de David. Pilato, el juez injusto, ha sido profeta a su pesar. Ante la opinión pública mundial se proclama la realeza de Jesús. Él mismo había declinado el título de Mesías porque habría dado a entender una idea errónea, humana, de poder y salvación. Pero ahora el título puede aparecer escrito públicamente encima del Crucificado. Efectivamente, él es verdaderamente el rey del mundo. Ahora ha sido realmente «ensalzado». En su descendimiento, ascendió. Ahora ha cumplido radicalmente el mandamiento del amor, ha cumplido el ofrecimiento de sí mismo y, de este modo, manifiesta al verdadero Dios, al Dios que es amor. Ahora sabemos que es Dios. Sabemos cómo es la verdadera realeza. Jesús recita el Salmo 21, que comienza con estas palabras: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Sal 21, 2). Asume en sí a todo el Israel sufriente, a toda la humanidad que padece, el drama de la oscuridad de Dios, manifestando de este modo a Dios justamente donde parece estar definitivamente vencido y ausente. La cruz de Jesús es un acontecimiento cósmico. El mundo se oscurece cuando el Hijo de Dios padece la muerte. La tierra tiembla. Y junto a la cruz nace la Iglesia en el ámbito de los paganos. El centurión romano reconoce y entiende que Jesús es el Hijo de Dios. Desde la cruz, él triunfa siempre de nuevo.

ORACIÓN

Señor Jesucristo, en la hora de tu muerte se oscureció el sol. Constantemente estás siendo clavado en la cruz. En este momento histórico vivimos en la oscuridad de Dios. Por el gran sufrimiento, y por la maldad de los hombres, el rostro de Dios, tu rostro, aparece difuminado, irreconocible. Pero en la cruz te has hecho reconocer. Porque eres el que sufre y el que ama, eres el que ha sido ensalzado. Precisamente desde allí has triunfado. En esta hora de oscuridad y turbación, ayúdanos a reconocer tu rostro. A creer en ti y a seguirte en el momento de la necesidad y de las tinieblas. Muéstrate de nuevo al mundo en esta hora. Haz que se manifieste tu salvación.

Todos:

Padrenuestro...

Fac me vere tecum flere,
Crucifixo condolore,
donec ego vixero.

Decimotercera estación: Jesús es bajado de la cruz y entregado a su Madre

Lectura del Evangelio según San Mateo 27, 54-55

El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba dijeron aterrorizados: «Realmente éste era Hijo de Dios». Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para atenderle.

MEDITACIÓN

Jesús está muerto, de su corazón traspasado por la lanza del soldado romano mana sangre y agua: misteriosa imagen del caudal de los sacramentos, del Bautismo y de la Eucaristía, de los cuales, por la fuerza del corazón traspasado del Señor, renace siempre la Iglesia. A él no le quiebran las piernas como a los otros dos crucificados; así se manifiesta como el verdadero cordero pascual, al cual no se le debe quebrantar ningún hueso (cf Ex 12, 46). Y ahora que ha soportado todo, se ve que, a pesar de toda la turbación del corazón, a pesar del poder del odio y de la ruindad, él no está solo. Están los fieles. Al pie de la cruz estaba María, su Madre, la hermana de su Madre, María, María Magdalena y el discípulo que él amaba. Llega también un hombre rico, José de Arimatea: el rico logra pasar por el ojo de la aguja, porque Dios le da la gracia. Entierra a Jesús en su tumba aún sin estrenar, en un jardín: donde Jesús es enterrado, el cementerio se transforma en un vergel, el jardín del que había sido expulsado Adán cuando se alejó de la plenitud de la vida, de su Creador. El sepulcro en el jardín manifiesta que el dominio de la muerte está a punto de terminar. Y llega también un miembro del Sanedrín, Nicodemo, al que Jesús había anunciado el misterio del renacer por el agua y el Espíritu. También en el sanedrín, que había decidido su muerte, hay alguien que cree, que conoce y reconoce a Jesús después de su muerte. En la hora del gran luto, de la gran oscuridad y de la desesperación, surge misteriosamente la luz de la esperanza. El Dios escondido permanece siempre como Dios vivo y cercano. También en la noche de la muerte, el Señor muerto sigue siendo nuestro Señor y Salvador. La Iglesia de Jesucristo, su nueva familia, comienza a formarse.

ORACIÓN

Señor, has bajado hasta la oscuridad de la muerte. Pero tu cuerpo es recibido por manos piadosas y envuelto en una sábana limpia (Mt 27, 59). La fe no ha muerto del todo, el sol no se ha puesto totalmente. Cuántas veces parece que estés durmiendo. Qué fácil es que nosotros, los hombres, nos alejemos y nos digamos a nosotros mismos: Dios ha muerto. Haz que en la hora de la oscuridad reconozcamos que tú estás presente. No nos dejes solos cuando nos aceche el desánimo. Y ayúdanos a no dejarte solo. Danos una fidelidad que resista en el extravío y un amor que te acoja en el momento de tu necesidad más extrema, como tu Madre, que te arropa de nuevo en su seno. Ayúdanos, ayuda a los pobres y a los ricos, a los sencillos y a los sabios, para poder ver por encima de los miedos y prejuicios, y te ofrezcamos nuestros talentos, nuestro corazón, nuestro tiempo, preparando así el jardín en el cual puede tener lugar la resurrección.

Todos:

Padrenuestro...

Vidit suum dulcem Natum
morientem, desolatum,
cum emisit spiritum.

Decimocuarta estación: Jesús es puesto en el sepulcro

Lectura del Evangelio según San Mateo 27, 59-61

José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia, lo puso en el sepulcro nuevo que se había excavado en una roca, rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro y se marchó. María Magdalena y la otra María se quedaron allí sentadas enfrente del sepulcro.

MEDITACIÓN

Jesús, deshonrado y ultrajado, es puesto en un sepulcro nuevo con todos los honores. Nicodemo lleva una mezcla de mirra y áloe de cien libras para difundir un fragante perfume. Ahora, en la entrega del Hijo, como ocurriera en la unción de Betania, se manifiesta una desmesura que nos recuerda el amor generoso de Dios, la «sobreabundancia» de su amor. Dios se ofrece generosamente a sí mismo. Si la medida de Dios es la sobreabundancia, también para nosotros nada debe ser demasiado para Dios. Es lo que Jesús nos ha enseñado en el Sermón de la montaña (Mt 5, 20). Pero es necesario recordar también lo que san Pablo dice de Dios, el cual «por nuestro medio difunde en todas partes el olor de su conocimiento. Pues nosotros somos [...] el buen olor de Cristo» (2 Co 2, 14-15). En la descomposición de las ideologías, nuestra fe debería ser una vez más el perfume que conduce a las sendas de la vida. En el momento de su sepultura, comienza a realizarse la palabra de Jesús: « Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, dará mucho fruto» (Jn 12, 24). Jesús es el grano de trigo que muere. Del grano de trigo enterrado comienza la gran multiplicación del pan que dura hasta el fin de los tiempos: él es el pan de vida capaz de saciar sobreabundantemente a toda la humanidad y de darle el sustento vital: el Verbo de Dios, que es carne y también pan para nosotros, a través de la cruz y la resurrección. Sobre el sepulcro de Jesús resplandece el misterio de la Eucaristía.

ORACIÓN

Señor Jesucristo, al ser puesto en el sepulcro has hecho tuya la muerte del grano de trigo, te has hecho el grano de trigo que muere y produce fruto con el paso del tiempo hasta la eternidad. Desde el sepulcro iluminas para siempre la promesa del grano de trigo del que procede el verdadero maná, el pan de vida en el cual te ofreces a ti mismo. La Palabra eterna, a través de la encarnación y la muerte, se ha hecho Palabra cercana; te pones en nuestras manos y entras en nuestros corazones para que tu Palabra crezca en nosotros y produzca fruto. Te das a ti mismo a través de la muerte del grano de trigo, para que también nosotros tengamos el valor de perder nuestra vida para encontrarla; a fin de que también nosotros confiemos en la promesa del grano de trigo. Ayúdanos a amar cada vez más tu misterio eucarístico y a venerarlo, a vivir verdaderamente de ti, Pan del cielo. Auxílianos para que seamos tu perfume y hagamos visible la huella de tu vida en este mundo. Como el grano de trigo crece de la tierra como retoño y espiga, tampoco tú podías permanecer en el sepulcro: el sepulcro está vacío porque él –el Padre– no te «entregó a la muerte, ni tu carne conoció la corrupción» (Hch 2, 31; Sal 15, 10). No, tú no has conocido la corrupción. Has resucitado y has abierto el corazón de Dios a la carne transformada. Haz que podamos ale-grarnos de esta esperanza y llevarla gozosamente al mundo, para ser de este modo testigos de tu resurrección.

Todos:

Padrenuestro...

Quando corpus morietur,
fac ut animæ donetur
paradisi goria. Amen.


Novena de Navidad

Todos los días de la novena, se reza:

Señor Jesús, danos la gracia de hacer bien esta novena y preparar nuestras almas para recibirte el día de Navidad, con el cariño con que te recibieron la Virgen Santísima y San José. Amén.

Día primero: 16 dic

Los hombres hemos ofendido a Dios con nuestros pecados y no podemos redimirnos por nosotros mismos. Ningún sacrificio es capaz de compensar el grave mal del pecado. Pero Dios, Padre amoroso, ha querido salvarnos y para esto mandó a su Hijo: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su propio Hijo”. Debemos dar gracias al Señor porque ha querido salvarnos y lo ha hecho de un modo tan admirable.

Oración: Oh Señor, Padre nuestro, que estás en los cielos, te damos gracias porque nos has entregado a tu propio Hijo Jesucristo para que fuera nuestro Redentor. Concédenos la gracia de conocerle, amarle e imitarle toda la vida, para alcanzar así la felicidad eterna. Amén.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria

Señor, sálvanos que perecemos

Día segundo: 17 dic

La Virgen María y San José prepararon con gran amor y cuidado el pesebre de Belén para que en él naciera el Niño Jesús. Nosotros tenemos que preparar, como ellos, nuestro corazón para recibir a Jesús. Es necesario perdonar las ofensas, ser puros, y llenar el alma de un gran amor a Dios, para que no sea como un pesebre sucio, sino más bien como un pedacito de cielo, y el Niño Jesús esté feliz en nuestra compañía.

Oración: Purifica, oh Señor, nuestras almas para que seamos dignos de recibirte. Amén.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria

Ven, Señor Jesús.

Día tercero: 18 dic

Los ángeles del cielo cantaban en la gruta de Belén: “Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”. Jesús viene a traernos la felicidad y la paz. Si seguimos sus mandamientos seremos felices y tendremos paz. El mundo, los hombres, las familias, no tienen paz, cuando no reciben a Jesús. Hay que poner buena voluntad para recibir el don de la paz y todas las gracias de Dios.

Oración: Señor, Dios nuestro, que se cumpla tu voluntad en los cielos y en la tierra y danos el precioso don de la paz. Haz que sigamos fielmente a tu Hijo Jesucristo y seamos fieles a sus mandamientos. Amén.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria

Señor, danos la paz.

Día cuarto: 19 dic

María Santísima y San José adoraron con grandísimo amor a Jesús recién nacido. Una fe gigantesca les hacía reconocer en aquel Niño pequeñito al mismo Dios, Creador de cielos y tierra. Ojalá nosotros adoremos con igual fe, amor y reverencia a Jesús escondido en la pequeñez de la Hostia consagrada.

Oración: Señor, auméntanos la fe. Haz que cada día creamos más firmemente en Ti, y te adoremos con profunda reverencia. Amén.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria

Señor, auméntanos la fe.

Día quinto: 20 dic

Los pastores acudieron al pesebre de Belén para adorar al Niño y llevarle sus humildes regalos. Debemos ser generosos con nuestro Dios, que se ha dado, se ha entregado totalmente a nuestras almas por amor. La generosidad se manifiesta por medio del sacrificio: procuremos hacer algún pequeño sacrificio o mortificación para corresponder al amor de Jesús. Podemos privarnos de algún gusto o satisfacción para demostrar al Señor que le queremos.

Oración: Oh Dios infinitamente generoso, haz que también nosotros seamos generosos contigo y que no te neguemos nada de lo que nos pides en esta vida. Amén.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria

Jesús, quiero ser tuyo.

Día sexto: 21 dic

Los Magos, hombres sabios y poderosos, vinieron de Oriente para postrarse ante el Niño Jesús y adorarle. Por respeto humano y cobardía algunos se apartan de Jesús. La verdadera grandeza consiste en someterse a Dios y a su santa Ley. Servir a Dios es reinar. Nunca el hombre es tan grande como cuando está de rodillas ante Dios.

Oración: Señor, haz que te sirvamos siempre sin avergonzarnos jamás de ser cristianos; por el contrario, que sepamos tener un santo orgullo de servirte. Amén.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria

Hágase tu Voluntad, así en la tierra como en el cielo.

Día séptimo: 22 dic

Los Magos, hombres sabios y poderosos, vinieron a Belén siguiendo una estrella. Recibieron ese signo del cielo, porque eran hombres dispuestos a obedecer la voluntad de Dios. Que seamos dóciles a las inspiraciones de la gracia, y procuremos hacer siempre la voluntad divina.

Oración: Señor, danos la gracia de seguir la vocación que Tú desde la eternidad has dispuesto para cada uno de nosotros. Amén

Padrenuestro, Avemaría y Gloria

Señor, mándame ir a Ti.

Día octavo: 23 dic

Una mula y un buey calentaban un poquito con su aliento al Niño Jesús que tiritaba de frío. Hasta los animales sirven a Dios. Toda criatura puede honrar y alabar a Dios y debe hacerlo. No es necesario realizar cosas extraordinarias o muy grandes para agradar a Dios. Propongámonos servirle cada día, con el cumplimiento fiel de nuestras obligaciones ordinarias.

Oración: Oh Jesús, enséñanos a servirte fielmente toda nuestra vida, mediante el cumplimiento amoroso de nuestras obligaciones. Amén.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria

Haz, Señor, que nunca me separe de Ti.

Día noveno: 24 dic

Nuestro Dios, Jesucristo, vino al mundo como un Niño pequeño, naciendo en un portal frío y oscuro. El Señor y Dueño del universo entero se sometió a la mayor pobreza. Jesús nos enseña con toda su vida, desde la infancia hasta la muerte de cruz, el espíritu de desprendimiento de las cosas materiales. Hay que ser pobres de espíritu para entrar en el cielo. Sólo si amamos la pobreza, tendremos la riqueza más grande: el amor y la gracia de Dios.

Oración: Danos, Señor, un corazón desprendido de las cosas materiales, para que te amemos sobre todas las cosas y gocemos eternamente de tu compañía en el cielo. Amén.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria

¡Señor mío y Dios mío!

Novena a San Josemaría Escrivá de Balaguer

18-26 de junio. Compuesta por Mons. Juan Larrea Holguín

Oración para todos los días

Oh Dios, que por mediación de la Santísima Virgen otorgaste a San Josemaría, sacerdote, gracias innumerables, escogiéndole como instrumento fidelísimo para fundar el Opus Dei, camino de santificación en el trabajo profesional y en el cumplimiento de los deberes ordinarios del cristiano: haz que yo sepa también convertir todos los momentos y circunstancias de mi vida en ocasión de amarte, y de servir con alegría y con sencillez a la Iglesia, al Romano Pontífice y a las almas, iluminando los caminos de la tierra con la luminaria de la fe y del amor.

Concédeme por la intercesión de San Josemaría el favor que te pido... (pídase). Así sea.

Rezar un Padrenuestro, un Avemaría y un Gloria.

Primer día: La santificación del trabajo

San Josemaría enseñó constantemente, con el ejemplo de su vida entera y con su palabra, que el gran camino de santificación para los hombres y mujeres, consiste en realizar su trabajo imitando a Jesucristo. El espíritu del Opus Dei se apoya, como en un gozne o eje fundamental, en la santificación del trabajo. Solía enseñar el Santo que se debe “santificar el trabajo, santificarse en el trabajo y santificar con el trabajo”. Deseaba ardientemente que todos los cristianos imitaran a Jesucristo, que llevó una vida de trabajo: primero en los años de Nazareth, en el taller artesano de José, y luego, en la infatigable labor de anunciar el Evangelio, en su vida pública, y hasta en lo alto de la Cruz, donde entregó su espíritu, después de haber cumplido plenamente lo que el Padre le encargó realizar. San Josemaría apreciaba y hacía apreciar el trabajo como una gran bendición de Dios, como el mandamiento que, recibido por el hombre ya en el Paraíso, habría de llevarle a su perfección, a su felicidad temporal y eterna. El trabajo, santificado plenamente por Jesús, sigue siendo, para todos, un gran instrumento de santificación: en él realizamos nuestra propia vocación, cumplimos la voluntad de Dios, y tenemos la oportunidad de practicar todas las virtudes, de desarrollar los diversos talentos, y de servir a los hermanos.

TEXTOS DE SAN JOSEMARÍA

“Lo que he enseñado siempre –desde hace cuarenta años– es que todo trabajo humano honesto, intelectual o manual, debe ser realizado por el cristiano con la mayor perfección posible: con perfección humana (competencia profesional) y con perfección cristiana (con amor a la voluntad de Dios y en servicio de los hombres). Porque hecho así, ese trabajo humano, por humilde e insignificante que parezca la tarea, contribuye a ordenar cristiana- mente las realidades temporales –a manifestar su condición divina– y es asumido e integrado en la obra prodigiosa de la Creación y de la Redención del mundo: se eleva así el trabajo al orden de la gracia, se santifica, se convierte en obra de Dios...”.
Conversaciones, 10

ORACIÓN

Concédenos, Señor, por la intercesión de San Josemaría, realizar nuestro trabajo según el espíritu de Jesucristo, santificarnos con él y servir de instrumento para que otros se santifiquen, cumpliendo en todo tu santa voluntad con la mayor perfección y con la ayuda de tu gracia. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

JACULATORIA

Corazón Sacratísimo y Misericordioso de Jesús, ¡danos la paz!

Primer día: ASUNTO

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TEXTOS DE SAN JOSEMARÍA

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