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¿Vida perfecta? Solo en los cuentos

Crucificaron a Jesús, el único hombre perfecto que ha pisado esta tierra.

Y nosotros, mientras tanto, soñamos con tener una vida perfecta: sacarnos el carné a los 18, terminar la carrera a los 22, y antes de los 30 tener pareja, casa, dos perros, un gato y el proyecto de varios hijos. ¿Falta algo más? Queremos controlarlo todo, cada pequeño detalle, cada gesto ajeno, cada paso que damos. Pero… ¿qué perfección es esa que tanto ansiamos? Planteo una pregunta: ¿deseas una vida perfecta porque lo sientes de verdad o porque es lo que el mundo te dice que debes tener? Una vida sin dificultades, de película, donde todo es “chachipiruli”. Permíteme decirte, aunque suene brusco: eso no existe. Nadie tiene una vida perfecta. Todos arrastramos nuestras mochilas, nuestras batallas, nuestros días de oscuridad. Cada uno camina con lo que le ha tocado vivir, con sus heridas y también con sus luces.

Hace un tiempo visité un convento. Me impactó profundamente la alegría con la que las monjas nos recibieron. Era una congregación que cuidaba de pobres y ancianos, y vivían de la limosna. Solo salían para pedir o para servir. En los pasillos, ni un mueble; las bombillas, peladas, sin lámpara. Pero eso sí: una capilla bellísima, llena de amor. Nada para ellas, todo para el Señor. Y lo viven con una sencillez desarmante. Nos recibieron con una sonrisa de oreja a oreja, nos ofrecieron agua, conversación, cariño. Antes de entrar, lo confieso, pensé: “serán monjas mayores, amargadas, encerradas todo el día”. Solo acerté en lo de mayores. Porque sí, lo eran, pero tenían la alegría de una niña pequeña.

Así que si nuestra vida no es perfecta, imagínate nosotros. No lo somos. Tenemos pecados, faltas, tropiezos. Y por mucho que lo intentemos, solo hubo uno que fue perfecto… y lo crucificaron. 

Por eso, no te extrañes cuando te critiquen. Que hablen. Si te humillan, di: “Señor, te ofrezco esta humillación que mi hermano me ha hecho”. Si te juzgan, recuerda: el único juicio que importa es el del Padre al final del camino. Porque, como decía San Pablo, somos peregrinos. Y cuando este camino acabe, no nos llevaremos nada, excepto lo que hayamos amado.

Y si alguna vez te cuesta perdonar, recuerda las palabras del Crucificado:

“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34).

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