Versículo del día
Cargando versículo de hoy...

Hay batallas que se ganan de rodillas

Hay frases que no se olvidan. Algunas se clavan dentro porque contienen una verdad tan sencilla y tan real, que se convierten en parte de tu forma de mirar el mundo.

A mí me pasa con esta: "Hay batallas que se ganan de rodillas."

Don Demetrio Fernández, obispo de Córdoba, rezando en la capilla del Santísimo durante su visita pastoral a la parroquia San Mateo Villanueva del Duque, el 13 de Octubre del 2011.

Y no lo digo en sentido figurado. Me refiero a ese gesto concreto y real: ponernos de rodillas ante el Sagrario. No frente a una caja cualquiera, no como un acto simbólico, sino porque sabemos que dentro de esa pequeña custodia de madera o metal está Él. El mismo Jesucristo, vivo y real. Es un misterio tan grande que a veces cuesta ponerlo en palabras: ¿cómo puede que Nuestro Señor Jesucristo, Dios mismo, esconderse ahí, encerrarse por nosotros?

Y sin embargo, lo hace.

Se deja encerrar. Por amor. Para estar cerca. Para que puedas encontrarlo siempre que lo necesites. Se queda para ti.

Piensa en la escena. Cuántas veces vemos a alguien pasar rápidamente por la iglesia, con prisas, con mil cosas en la cabeza, y sin embargo, al pasar delante del Sagrario, se detiene un momento, se arrodilla, y sigue su camino. ¿Qué hay ahí que nos obliga a frenar? ¿Qué misterio se esconde en ese silencio? Es Cristo, que nos espera. Que se ha querido quedar para que lo visitemos, para consolarnos cuando no podemos más, para escucharnos cuando no encontramos palabras.

Nos lo dice Él mismo en el Evangelio:
"Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré."

Esa promesa se hace presente en cada Sagrario. No es poesía, no es teología complicada. Es una realidad. Él está ahí y está por ti. Y no solo en tus momentos difíciles. También cuando estás feliz. También cuando no tienes nada que decir, pero necesitas estar.

El Sagrario brilla en el centro de nuestras iglesias. Todo en la arquitectura litúrgica gira en torno a Él. Y sin embargo… cuántas veces está solo. Cuántas veces pasamos por delante y no lo vemos. Cuántas veces no le dedicamos ni quince minutos a la semana. Un cuarto de hora para aquel que lo ha dado todo, que ha dado la vida por ti y por mi.

Y entonces llega ese momento en el que no puedes más. Llevas una carga que ya no sabes cómo llevar. Te sientas delante de Él y simplemente le dices:
“Señor, tengo un problema muy grande. Yo solo no puedo. Ayúdame.”
Y ahí comienza la verdadera batalla.

Porque el error está en pensar que tenemos que hacerlo todo por nosotros mismos. Qué cabezotas somos… Lo queremos controlar todo, resolver todo, entender todo. Pero hay situaciones que no se resuelven con nuestras fuerzas. Solo se entregan. Solo se viven con Él.

La oración no es magia. No es un botón que aprietas y todo se arregla. Es un lugar donde se transforma el sufrimiento. Donde las luchas no se evaporan, pero se redimen. Donde la victoria no es la ausencia de problemas, sino la certeza de no estar solo. 

A veces creemos que la fe consiste en “sentir cosas”. Que si no siento a Dios, es que se ha ido. Y no es verdad. Santa Teresa de Calcuta pasó décadas sin experimentar nada, y sin embargo, no dejó de orar, de comulgar, de servir. Porque la oración no depende de lo que sentimos, sino de a quién amamos.

La vida es una montaña rusa. Hoy estás arriba, mañana abajo. Y justo cuando estás abajo, cuando no ves salida, cuando todo pesa más que nunca, ahí viene la tentación:
"Dios ya no está contigo."
Mentira.
Jesús lo dijo claro:
"Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo."
Todos. No los días buenos ni cuando le viene bien, no. Todos.

Y si en algún momento te ves perdido, si sientes que no sabes por dónde tirar, vuelve al Sagrario. Arrodíllate. Pregúntale.
Hay personas que dicen: “No tengo fe. Quiero tenerla, pero no la tengo.”
Y cuando les preguntas si han pasado tiempo con Él, la respuesta suele ser que no.
Queremos respuestas sin preguntar. Queremos luz sin detenernos a mirar.

La fe no nace sola. Se pide. Se cultiva. Se riega con silencio, con perseverancia, con estar.
No necesitas tener palabras. Solo estar.

Y si alguna vez sientes que no sirve de nada, acuérdate de esto:

“Quien dice que la oración no sirve, es porque nunca ha hecho oración de verdad.”

Porque cuando te postras ante el Señor, no estás huyendo del mundo. Estás combatiendo desde la raíz. Desde lo profundo.
Las batallas más importantes no se pelean con ruido ni con fuerza, sino con humildad. Con la frente baja, las manos abiertas y el corazón rendido.

Y esas… son las batallas que se ganan de rodillas.

Post a Comment

Artículo Anterior Artículo Siguiente

Anuncio

Anuncio