El Papa León XIV se dirigió este 25 de agosto a miles de monaguillos de toda Francia reunidos en Roma en el marco del Año Santo. Su discurso fue una catequesis vibrante sobre la esperanza cristiana, la centralidad de la Eucaristía y la belleza de la vocación sacerdotal.
Desde el inicio, el Santo Padre subrayó el regalo que supone haber llegado a Roma en un año jubilar, invitando a los jóvenes a abrir la puerta del corazón a Cristo: «Su único deseo es formar parte de su vida, iluminarla desde dentro, convertirse en su mejor y más fiel amigo».
La esperanza que viene de Cristo
En un mundo herido por la enfermedad, el sufrimiento y la incertidumbre, el Papa recordó que solo Jesús puede salvarnos verdaderamente, incluso de la muerte. Citando a san Pedro, afirmó con fuerza: «No hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, por el cual podamos ser salvos» (Hch 4,12).
La esperanza cristiana, insistió, no es un simple optimismo, sino un ancla firme en medio de la tormenta (cf. Hb 6,19).
La Eucaristía, tesoro de la Iglesia
El momento más contundente del discurso resonó con fuerza entre los presentes:
«Queridos monaguillos, ¡la celebración de la Misa nos salva hoy! ¡Salva al mundo hoy!»
Para el Papa, la Eucaristía es el tesoro de los tesoros, porque en cada Misa Cristo vuelve a entregarse por amor. Los cristianos no acuden al altar por obligación, sino porque necesitan vitalmente esa gracia que brota del sacrificio de Cristo actualizado en cada celebración.
Vocación y entrega
El Papa León XIV aprovechó para llamar la atención sobre la falta de sacerdotes, denunciándola como «una gran desgracia para la Iglesia». Invitó a los jóvenes a descubrir poco a poco la belleza del sacerdocio, describiéndolo como una vida maravillosa en la que cada día se encuentra a Cristo y se lo entrega al mundo.
Un signo de esperanza
Finalmente, agradeció el servicio de los monaguillos en la liturgia y los animó a servir con alegría, solemnidad y dignidad, conscientes de que su testimonio es un signo de esperanza para la Iglesia.
Con tono paternal y firme, el Papa cerró con su Bendición Apostólica, dejando un mensaje que resuena con fuerza: la vida es hermosa con Jesús, la esperanza es segura en Él, y la Eucaristía sigue salvando al mundo hoy.

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