Septiembre siempre huele a comienzos: nuevas metas, propósitos y rutinas. Pero, ¿qué pasa con nuestra vida de fe? ¿También empieza de cero después del verano?
Ha comenzado ya septiembre, un mes que a mí personalmente me recuerda mucho a enero. Es un mes donde nos llenamos de propósitos para comenzar el curso: volver a hacer deporte, leer, llevar al día los estudios… Un mes donde parece que nuestra vida comienza de nuevo, se reinicia el contador.
Y yo pregunto: ¿La vida de fe también?
No. La vida de fe no se reinicia.
La fe no funciona como un calendario que empieza y termina, ni como un plan que tachamos y volvemos a escribir. La vida de fe es un camino constante, que no se interrumpe aunque a veces avancemos con paso firme y otras con cansancio. Nuestra relación con Dios no tiene pausas: siempre está presente, porque Él nunca se va de nuestro lado.
Es verdad que, a veces, el verano nos deja con la vida interior debilitada. Entre viajes, descanso, fiestas o simplemente la pereza, podemos sentir que hemos descuidado la oración, los sacramentos, incluso nuestra relación con el Señor. Puede que este verano haya sido para nosotros un desierto espiritual. Pero no debemos desanimarnos ni quedarnos en la tristeza: Dios siempre nos ofrece la gracia de recomenzar.
Y algo importante: cuando llegan las vacaciones, el Señor no se va de vacaciones. Él sigue a nuestro lado, esperándonos, llamándonos. Muchas veces, precisamente por la comodidad o la pereza es por donde entra el demonio, que aprovecha nuestros descuidos para enfriarnos en la fe.
Por eso septiembre es una ocasión preciosa para retomar el rumbo. No se trata de empezar de cero, sino de volver a levantarnos con confianza. Quizá proponernos rezar cada día con más constancia, retomar el sacramento de la confesión, participar con más fidelidad en la Eucaristía, leer la Palabra de Dios o implicarnos en nuestra comunidad parroquial.
San Pablo nos anima a “correr con constancia en la carrera que nos toca” (Hb 12,1). Esa constancia es la que necesitamos para que la fe no se quede en un impulso pasajero, sino que sea el motor de nuestra vida.
Así, la rutina que ahora retomamos después del verano no es solo volver a las clases, al trabajo o a las metas personales. También es volver al corazón de nuestra vida cristiana, a poner a Dios en el centro y a dejarnos guiar por su gracia.
Que este septiembre no sea un simple reinicio, sino un tiempo de crecimiento. Porque la vida de fe no empieza otra vez: la vida de fe continúa, se fortalece y se hace cada día más plena en Cristo.
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