Pues sí. Hay que estar un poco locos para dejarlo todo durante seis, siete u ocho años de formación en el seminario, apartarse de muchas cosas del mundo y lanzarse a seguir a Cristo. Pero no se trata de una locura vacía: es una locura de amor, profunda y radical.
El seminarista, igual que el sacerdote al que se prepara a ser, renuncia a sueños muy buenos y humanos: tener esposa, hijos, proyectos personales, la comodidad de una vida “normal”. Y no lo hace porque desprecie estas cosas, sino porque su corazón ha escuchado una llamada más grande: la llamada a ser pastor al estilo de Jesús, el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas (cf. Jn 10,11).
Desde fuera, todo esto puede parecer un sacrificio enorme. Y lo es. Pero cada renuncia es también un “sí” que abre puertas a la vida, un sí que permite que otros puedan conocer el amor de Dios. Esa aparente locura se convierte en esperanza para los demás. Un seminarista se forma para ser padre espiritual de muchos, para ser puente entre Dios y su pueblo, para entregar la vida con alegría y generosidad.
Es importante recordar, sin embargo, que la vocación sacerdotal no es “la vocación premium” de la Iglesia. No es más importante que el matrimonio, la vida religiosa o la vocación laical. Todas son necesarias y se sostienen mutuamente. La verdadera belleza está en que cada vocación es una llamada al amor y ninguna tiene sentido sin la otra.
Por eso, cuando veamos a un seminarista, no pensemos que está loco de manera extraña. Está loco, sí… pero loco de amor por Cristo y por su Iglesia. Y esa locura, aunque a veces cueste comprenderla, vale la pena.
Y aquí quiero compartir algo que me encanta repetir: ser un joven cristiano no es perder la juventud, sino ganarla en plenitud, en vida eterna. Esa es la certeza más profunda que un seminarista lleva en el corazón. Porque seguir a Cristo nunca quita, siempre da el ciento por uno, aquí y en la vida eterna (cf. Mt 19,29).
Cada “sí” a Dios es un sí a la vida, a la esperanza y al amor que transforma todo lo que toca. Esa es la verdadera locura que da sentido al corazón de quienes deciden seguir a Jesús sin mirar atrás.

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