Procura someter siempre tu voluntad a la suya, y no tengas la menor duda de que, aunque todos los santos y criaturas te abandonasen, Él siempre estará atento a tus necesidades.
Que no se haga mi voluntad: lo que quieras, cuando quieras y como quieras, Señor. Que no sea según mis apetencias o mis comodidades. ¡Dichosa la incomodidad que padezco cuando confío en Ti, Señor, aunque no sepa por dónde me llevas! Pero confío en Ti. Hágase en mí lo que Tú quieras. Te entrego mi vida.
No sé a dónde voy, qué caminos escoger, por dónde ir o con quién caminar. Pero hay algo de lo que estoy seguro: hágase en mí lo que Tú quieras, a tu manera y como quieras. Llévame donde quieras en esta peregrinación por el mundo, porque somos viajeros.
Y tan cierta es la frase de Cristo, que los cristianos debemos llevar siempre en el corazón: «Mi Reino no es de este mundo». ¡Pues claro que no es de este mundo! Nuestra patria no es esta; mi patria no es España, mi patria es el cielo. Y el cielo debemos ganárnoslo en una lucha, que no es militar, pero quizá aún más difícil: nuestra batalla no conquista territorios, se libra en lo pequeño, en lo cotidiano.
Cuando aparece el lobo disfrazado de oveja debemos huir, no escuchar su engaño, no dejar que su voz nos seduzca. Como me dijo una vez mi director espiritual: no se negocia con terroristas. Y el papa Francisco lo expresó de otra manera: con el diablo no se negocia. Basta con prestarle oído y caes en su trampa; cuando te das cuenta ya estás enfangado hasta la cabeza.
Por eso necesitamos nuestras armas. ¿Cuáles son? La más preciosa, bella, grande e importante: Jesucristo mismo. Tomemos conciencia de esto: Jesús de Nazaret, el que nació en Belén hace dos mil años, el que caminó con los discípulos, el que convirtió el agua en vino, el que fue crucificado ante todos y resucitó glorioso… ese mismo está hoy en el sagrario de nuestras iglesias; ese mismo se nos muestra en la custodia en cada exposición del Santísimo Sacramento; ese mismo es elevado en las manos del sacerdote en la Santa Misa.
Cuando el sacerdote proclama: «Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Dichosos los invitados a la cena del Señor», es Él mismo. Lo que vemos con los ojos humanos como pan, es el mismo Jesucristo. ¿Puede haber algo más simple, más cotidiano y más humilde que el pan?

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