Primera catequesis del Papa León XIV sobre los documentos del Concilio Vaticano II
Con esta primera catequesis del nuevo ciclo sobre el Concilio Vaticano II, el Papa León XIV nos introduce en uno de los textos más bellos y decisivos del Concilio: la Constitución dogmática Dei Verbum, dedicada a la divina Revelación. Para hacerlo, parte de una afirmación del Evangelio que resume toda la fe cristiana: «Ya no los llamo servidores… a ustedes los llamo amigos» (Jn 15,15). No se trata de una simple imagen piadosa, sino de una revolución espiritual: Jesucristo transforma la relación entre Dios y el hombre en una relación de amistad.
De la distancia a la comunión
La Escritura muestra que la alianza entre Dios y la humanidad comienza marcada por una asimetría: Dios es Dios y nosotros somos criaturas. Sin embargo, con la encarnación del Hijo, esta distancia se abre a su plenitud. Dios no nos hace semejantes a Él mediante el pecado o la transgresión, como prometía la serpiente en el Génesis, sino mediante la relación viva con Cristo. San Agustín lo expresaba con claridad: la gracia es la única que puede hacernos verdaderos amigos de Dios.
Por eso la Dei Verbum afirma que, en la Revelación, «Dios invisible habla a los hombres como amigos y mora con ellos, para invitarlos a la comunicación consigo». El diálogo que se había quebrado por el pecado queda definitivamente restablecido en Jesús: la alianza es nueva y eterna, y nada puede separarnos de su amor.
La Palabra que crea amistad
El Papa subraya una distinción esencial: no es lo mismo la palabra que la charla. La charla se queda en la superficie; la palabra, en cambio, revela quiénes somos y crea comunión. Así habla Dios: no para transmitir datos, sino para darse a conocer como Aliado y Amigo.
De ahí brota la primera actitud cristiana: la escucha. Escuchar para que la Palabra de Dios penetre en la mente y en el corazón. Pero también hablar con Él, no para informarle de lo que ya sabe, sino para revelarnos a nosotros mismos. La amistad con Dios, como toda amistad verdadera, se alimenta del intercambio sincero de palabras.
Orar es cuidar la amistad
Esta relación se cultiva en la oración. En primer lugar, en la oración litúrgica y comunitaria, donde no elegimos lo que queremos oír, sino que es Dios quien nos habla por medio de la Iglesia. Y también en la oración personal, en el silencio del corazón y de la mente. Sin tiempos dedicados a la oración, a la meditación y a la reflexión, la relación se debilita. Y sólo cuando hablamos “con” Dios podemos después hablar “de” Él.
El Papa León XIV advierte con realismo: las amistades no se rompen sólo por grandes traiciones, sino también por pequeñas desatenciones cotidianas. Si Jesús nos llama amigos, no podemos ignorar su voz. Cuidar la relación con Él no es un añadido devocional, sino el núcleo de la vida cristiana.
La amistad que salva
Esta primera catequesis sobre la Dei Verbum nos deja una convicción profunda: la Revelación no es un libro cerrado ni un mensaje distante, sino el diálogo vivo de un Dios que se inclina hacia nosotros como Amigo. Acoger esta llamada, escuchar su Palabra y responderle en la oración es descubrir que la amistad con Dios no sólo nos transforma, sino que es —en palabras del propio Papa— nuestra verdadera salvación.
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