En esta segunda catequesis dedicada a la Constitución dogmática Dei Verbum, el Papa León XIV nos conduce al corazón de la fe cristiana: Jesucristo es el Revelador del Padre, el mediador y la plenitud de toda la Revelación. No se trata simplemente de un mensajero que comunica verdades sobre Dios, sino de Aquel en quien Dios mismo se hace presente y se nos entrega personalmente.
La Revelación, recuerda el Papa, no es un conjunto de ideas abstractas, sino un conocimiento relacional. Dios se da a conocer entrando en una historia, estableciendo una alianza viva, en la que el ser humano no solo recibe información, sino que es llamado a la comunión. Este encuentro alcanza su cumplimiento en Jesucristo, en quien la verdad íntima de Dios y la verdad sobre el hombre resplandecen de modo definitivo.
Jesús revela al Padre introduciéndonos en su propia relación filial con Él. Gracias al Hijo y por la acción del Espíritu Santo, los hombres pueden dirigirse a Dios como Padre y participar de su misma vida. El Evangelio nos muestra a Jesús viviendo esta relación en la oración, en la alabanza y en la confianza absoluta, revelando que el verdadero conocimiento de Dios nace de la intimidad y no del dominio intelectual.
En Cristo, además, descubrimos quiénes somos realmente. Dios nos conoce y nos revela nuestra identidad más profunda: somos hijos, creados a imagen del Verbo y llamados a la plenitud de la vida. La Dei Verbum subraya que la Palabra eterna ilumina a todo hombre y nos permite reconocernos bajo la mirada amorosa del Padre, que conoce nuestras necesidades incluso antes de que las expresemos.
El Papa León XIV insiste en un punto decisivo: Jesucristo revela al Padre a través de su humanidad verdadera e íntegra. Dios no se manifiesta al margen de lo humano, sino precisamente en la carne del Hijo. Sus palabras, gestos, milagros, su sufrimiento, su muerte, su resurrección y el don del Espíritu constituyen una única revelación plena. Quitar algo a la humanidad de Jesús empobrece la revelación de Dios; aceptarla en su totalidad nos abre al misterio del Padre.
No es solo la Pascua lo que nos salva, sino la persona misma de Jesús: el Señor que nace, camina, cura, enseña, sufre y permanece entre nosotros. En su cuerpo y en su manera de habitar el mundo, Dios nos comunica su verdad y nos invita a compartir su mirada sobre la realidad, una mirada confiada, compasiva y llena de esperanza.
Siguiendo a Cristo hasta el final, el creyente llega a una certeza firme: nada puede separarnos del amor de Dios. En Jesús, el cristiano conoce al Padre y aprende a abandonarse a Él con confianza filial. Esta es la gran noticia de la Dei Verbum: en Cristo, Dios no solo se revela, sino que nos acoge como hijos y nos conduce a la vida plena.

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