El 2 de febrero, cuando se cumplen cuarenta días de la Navidad, la Iglesia celebra la fiesta de la Presentación del Señor, conocida popularmente como la Candelaria. Esta celebración hunde sus raíces en la Ley de Moisés, que prescribía que la madre debía purificarse cuarenta días después del nacimiento de un hijo varón y presentar al niño en el templo (cf. Lev 12, 2-6).
María y José, fieles a la Ley, llevan a Jesús al templo. No saben que, en ese gesto sencillo y obediente, están introduciendo en el corazón de Israel a Aquel que es la Luz verdadera. Simeón, movido por el Espíritu Santo, toma al Niño en brazos y proclama que Él es “luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel” (cf. Lc 2, 32). Con estas palabras, se revela el sentido profundo de la fiesta: Cristo entra en su templo y se manifiesta como salvación universal.
Por eso, la liturgia de este día da un protagonismo especial a la luz. Las candelas no son un simple elemento devocional, sino un signo litúrgico potente: representan a Cristo, luz que disipa las tinieblas del pecado y de la muerte, y también a los fieles, llamados a reflejar esa luz en el mundo.
La celebración eucarística de la Candelaria comienza de manera solemne. Los fieles se reúnen en el atrio o en un lugar distinto al interior del templo, portando candelas apagadas. El sacerdote llega revestido con casulla o capa pluvial. En ese momento, se encienden las velas mientras se canta:
«El Señor llega con poder. Iluminará los ojos de sus siervos. Aleluya.»
Tras el saludo inicial, el sacerdote realiza una monición que ayuda a comprender el sentido de la celebración y procede a la bendición de las candelas, utilizando la fórmula prevista en el Misal Romano. Luego las rocía con agua bendita, sin decir palabra, y recibe su propia candela. A continuación, comienza la procesión hacia el interior del templo, signo visible del pueblo que camina guiado por la Luz de Cristo.
Una vez dentro de la iglesia, el sacerdote venera el altar, se dirige a la sede, se quita la capa pluvial (si la ha usado) y se pone la casulla. Entonces se canta el Gloria, expresión de alabanza por la manifestación del Señor, y la misa continúa como de costumbre con la oración colecta y la liturgia de la Palabra.
En la liturgia papal, este simbolismo alcanza una fuerza especial. El rito comienza en el atrio de la Basílica de San Pedro, que permanece completamente a oscuras. La procesión avanza iluminada solo por las candelas, de modo que se percibe claramente cómo la luz va entrando en el templo. Cuando el Papa llega al altar, se encienden todas las luces de la basílica, expresando visiblemente que Cristo, Luz del mundo, ha tomado posesión de su casa.
La Candelaria nos invita a preguntarnos si dejamos que esa Luz ilumine nuestra vida. Presentar a Jesús en el templo es también presentarle nuestra propia existencia, con sus sombras y esperanzas, para que Él la transforme. Celebrar esta fiesta es renovar nuestro deseo de caminar como hijos de la luz, llevando a Cristo a los espacios donde aún reina la oscuridad.

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