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La Sagrada Escritura: la Palabra de Dios en palabras humanas

La Constitución dogmática Dei Verbum nos recuerda que la Sagrada Escritura, leída en la Tradición viva de la Iglesia, es el lugar privilegiado donde Dios continúa hablando hoy a los hombres y mujeres de todos los tiempos. No se trata de un texto del pasado ni de una simple recopilación de enseñanzas religiosas, sino de un espacio real de encuentro, diálogo y relación viva con Dios.

Sin embargo, la Biblia no fue escrita en un lenguaje celestial o sobrehumano. Dios, en su amor, ha querido hablarnos utilizando lenguajes humanos, comprensibles, históricos, situados en culturas concretas. Como sucede en toda relación auténtica, hacerse entender por el otro es ya un primer acto de amor. Por eso, Dios se sirve de autores humanos que, inspirados por el Espíritu Santo, redactan los libros sagrados con su estilo, su sensibilidad y su contexto.

El Concilio Vaticano II expresa esta verdad con una imagen profundamente cristológica: así como el Verbo eterno del Padre asumió la carne humana, también la Palabra de Dios se reviste de palabras humanas. La Escritura manifiesta, incluso en su lenguaje, la condescendencia misericordiosa de Dios, su deseo de hacerse cercano y accesible.

Durante siglos, la reflexión teológica insistió sobre todo en la inspiración divina de la Biblia, a veces reduciendo a los autores humanos a simples instrumentos pasivos. Dei Verbum, en cambio, afirma con claridad que Dios es el autor principal de la Sagrada Escritura, pero reconoce también a los hagiógrafos como verdaderos autores. Dios no anula ni empobrece lo humano: lo eleva y lo integra en su designio de salvación.

Por eso, una lectura auténtica de la Escritura no puede ignorar ninguna de sus dos dimensiones. Olvidar su humanidad conduce a lecturas fundamentalistas o espiritualistas que traicionan su sentido; olvidar su origen divino la reduce a un texto más, interesante quizá, pero incapaz de transformar la vida. Interpretar la Biblia exige atender al contexto histórico, a los géneros literarios y, sobre todo, dejarse guiar por el mismo Espíritu que la inspiró.

Este principio vale también para el anuncio de la Palabra. Cuando se separa de la realidad concreta de las personas, de sus heridas y esperanzas, o se expresa con un lenguaje incomprensible y anacrónico, pierde su fuerza. Cada época está llamada a anunciar el Evangelio con palabras nuevas, fieles a su origen y capaces de encarnarse en la historia.

La Escritura, especialmente proclamada en la liturgia, no habla solo del pasado: interpela el presente, ilumina decisiones, orienta el camino. Como recordaba san Agustín, sólo comprende verdaderamente la Palabra quien, al escucharla, crece en el amor a Dios y al prójimo.

Demos gracias al Señor porque no deja de alimentarnos con su Palabra viva. Y pidámosle que nuestras palabras, y aún más nuestras vidas, no oscurezcan jamás el amor que Dios ha querido contarnos con lenguaje humano para alcanzarnos el corazón.




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