En la segunda catequesis dedicada a la Constitución dogmática Lumen gentium, el Papa León XIV profundiza en una afirmación decisiva del Concilio Vaticano II: la Iglesia es una “realidad compleja”. Pero esta complejidad no significa confusión ni contradicción, sino la unión ordenada de dimensiones diversas que conviven en una misma realidad.
La Iglesia es, ante todo, una comunidad visible de hombres y mujeres concretos, con virtudes y límites, que viven la fe, anuncian el Evangelio y caminan juntos en medio de la historia. Su dimensión humana se manifiesta en rostros, estructuras, decisiones, aciertos y errores. Sin embargo, esta descripción no agota su identidad.
Junto a la dimensión humana existe una dimensión divina: la Iglesia es fruto del designio amoroso de Dios realizado en Cristo. Por eso, el Concilio puede afirmar que es al mismo tiempo comunidad terrena y Cuerpo místico de Cristo, asamblea visible y misterio espiritual, realidad histórica y pueblo peregrino hacia el cielo (Lumen gentium, 8). No se trata de dos Iglesias —una visible y otra invisible—, sino de una única realidad en la que lo humano y lo divino se integran sin separación ni confusión.
Para comprender esta paradoja, el Papa remite a la vida misma de Jesús. Quien lo encontraba en los caminos de Palestina percibía su humanidad concreta: su mirada, su voz, sus gestos. Pero, al mismo tiempo, en esa humanidad se revelaba el Dios invisible. Así también ocurre con la Iglesia: en su fragilidad histórica se manifiesta la presencia activa de Cristo.
Esto significa que no existe una Iglesia “ideal”, pura y desencarnada, separada de la historia. Existe la única Iglesia de Cristo, encarnada en el tiempo, que vive la tensión entre santidad y fragilidad. Su santidad no proviene de la perfección de sus miembros, sino de que Cristo la habita y continúa donándose en ella.
Lejos de oponerse al Evangelio, las estructuras visibles de la Iglesia están al servicio de su realización concreta en el mundo. Las instituciones no sustituyen la gracia, pero la sostienen y la canalizan. En esta lógica se comprende el “método de Dios”: Él actúa a través de lo pequeño, lo limitado, lo frágil, haciendo visible su fuerza en la debilidad.
Por eso, la verdadera edificación de la Iglesia no se reduce a organizar mejor sus estructuras, sino a fortalecer su dimensión espiritual mediante la comunión y la caridad. Como recordaba san Agustín, es la caridad la que vence todo y da sentido a todo lo demás.
En este tiempo de Cuaresma, estamos llamados a colaborar en esta construcción visible e invisible de la Iglesia: mediante la oración, el ayuno y la caridad, permitiendo que la presencia del Resucitado se haga concreta en nuestras relaciones cotidianas.
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